Ojo al Eclesiástico

 
Por: Jose Gabriel Baena
el columnista independiente y que se mira sí mismo, desvergonzado, cada vez que se sienta a escribir su nuevo artículo puede darse el lujo de portarse como un títere de ficción y contradecirse de pies a cabeza de lo que afirmó en el anterior, cambiando de personalidad, de carácter, a la manera teatral. Así, si la vez pasada recomendaba a los jóvenes abandonar los libros e irse a la Polinesia, hoy invito no solo a los jovencitos sino con más ahínco a los viejecitos que leen esta nota en su balcón, tomando el sol a las nueve de la mañana, a que se levanten y vayan por su Biblia, esa que tienen abandonada en algún estante o abierta en la misma página sobre un atril en la sala desde hace años, y ábranla en un capítulo llamado “El Eclesiástico” para que disfruten primero de la poesía allí contenida pero sobre todo de las enseñanzas que nos brinda su escriba.
“El Eclesiástico” o Libro de Sirácides es uno de los pocos de la Biblia canónica firmados por el autor. Data de aproximadamente 170 u 180 antes de Cristo y fue escrito por un tal Jesús, hijo de Sirac, hombre de fortuna y de buena educación, que bebió de la fuente de la sabiduría no solo en los libros sagrados de los sabios judíos sino que la mezcló además con su propia experiencia del mundo, permitiéndole esto dar a luz las cerca de cien páginas iluminadoras de esta obra que hoy sería un bestseller de supermercado. El Eclesiástico arranca reconociendo que toda sabiduría viene de Dios, pero prontamente se adentra en los problemas abordándolos desde el punto de vista humano, desde la sabiduría práctica y terrena de Sirácides, problemas que cubren todo el entorno natural del individuo, la familia, la sociedad, todas esas solemnidades muy serias y protocolos a veces muy tontos, y perfectamente aplicables todavía, dado que al parecer todo esto ha sido siempre lo mismo en todas partes, cambiando de vestuario y de equipaje.
A grandes rasgos, Sirácides nos habla del honrar a los padres y la memoria de los que ya duermen en la colina, de la educación de los hijos, de cómo afrontar las pruebas cotidianas, de la dulzura y de la humildad, de los errores que hay que evitar, de las buenas y malas compañías y buenos y malos consejeros, del orgullo y de la maldad, de la prudencia ante el poderoso, de la comparación entre los sabios y los tontos, de la impureza y del adulterio, de los inconvenientes y ventajas de la riqueza, de la alegría de compartir los frutos del trabajo, de cosas tan triviales como la manera de comportarse en los banquetes, de los sueños y fantasmas, en fin, de la suprema admiración ante el espectáculo de la creación, del Cielo, los astros y la tierra. Seamos pues atrevidos y apropiémonos al azar de algunas pocas frases de batalla de Sirácides en su Eclesiástico, como luz para los lectores que por estos días puedan hallarse en confusión de mente y niebla espiritual sobre un punto bastante álgido y eterno:
No seas celoso de la mujer que amas: podría nacer en ella la tentación de engañarte. No te entregues en las manos de una mujer hasta el punto de que te domine. No te acerques a una mujer de mala reputación: podrías caer en sus redes. No te entretengas con una cantadora: haría que cayeras en su trampa. No fijes tu mirada en una jovencita: podrías condenarte con ella. No caigas en los brazos de una prostituta: podrías perder con ella todo lo que tienes. No mires para todas partes en las calles de la ciudad, ni te entretengas en rincones solitarios. Aparta tus ojos de una mujer hermosa; no te quedes mirando a una belleza desconocida. La belleza de una mujer ha hecho caer a muchos; ella basta para encender la pasión. No te sientes a la mesa con una mujer casada para tomar vino con ella, no sea que se despierte en ti el deseo y que la pasión te haga ceder y caer. La maldad de la mujer le desfigura el rostro, éste se torna más sombrío que el de un oso. Cualquier maldad es poca cosa al lado de la maldad de una mujer. ¡No te dejes seducir por la belleza de una mujer, ni la desees! La mujer malvada es como un yugo suelto: poner la mano en él es tan arriesgado como agarrar un escorpión. Una mujer bebedora es un gran escándalo, no podrá remediar su deshonor. Una mujer sin pudor se reconoce en sus ojos, en su mirada descarada. Mantén a raya a una muchacha provocadora, no sea que se aproveche de tu complacencia. El viajero sediento abre la boca y toma cualquier agua que encuentre: ella también se coloca frente a cualquier palo y a cualquier flecha abre su aljaba.
¿Quién pondrá una cerradura en mi boca, un buen candado en mis labios para que no me hagan caer y no me condene mi lengua?

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