Obsesión oscurantista

     
     Publicado en la edición 386, marzo 15 de 2009 
       
     
    Obsesión oscurantista
     
       
     
    No parece clara la razón para el renacimiento de la obsesión por controlar el comportamiento privado de los ciudadanos de parte de las personas que están ahora en cargo del Estado colombiano. Puede ser, quizás, que detrás de esa obsesión no existe un argumento racional sino una creencia. En todo caso, no es fácil entender por qué quieren meterse en la vida privada de las personas para decirles cómo deben vivir, para enseñarles qué pueden, pero sobre todo qué no pueden hacer con sus cuerpos. El debate sobre la dosis personal de drogas se ha llevado a un terreno que abre una puerta que parecía cerrada, la que lleva a un Estado autoritario que no se encarga de proteger la vida de sus ciudadanos, sino de controlarla.
    Con las propuestas que hay en discusión para tratar de revivir la penalización al consumo de la llamada dosis personal, muchos han dejado ver el lado oscuro de sus convicciones. En ellas se ve su deseo reprimido por establecer alguna forma de nuevo totalitarismo que derrumbe las fronteras que hoy tenemos entre lo público y lo privado. Nada más sugerir que se puede obligar a las personas que consumen drogas a recibir un tratamiento de rehabilitación es confundir el remedio con la enfermedad. En principio a nadie se le debe obligar a recibir un tratamiento contra nada, ni contra el cáncer, ni contra la gripa ni contra nada de nada. Además, asumir que los consumidores de drogas, sin matices, requieren una rehabilitación y no, por ejemplo, los de licor -según datos científicos uno de los pilares de muchas de las violencias que vivimos, no solo de la intrafamiliar-, deja claro que no hablamos de salud pública, ni del bienestar general, sino de prejuicios.
    Y por ese camino, por el de tratar de suprimir o al menos de controlar, los comportamientos que se consideren indeseables, volveremos fácilmente a una etapa oscurantista de esta sociedad que parecía en el pasado.
    Las personas que conocen de cerca (por un hijo, un amigo, ellas mismas) los problemas sociales y de salud que genera el consumo de drogas, saben que estas son las víctimas, no los victimarios de un problema mucho mayor; no cuesta nada suponer que harían lo imposible por evitar que uno de los suyos sea penalizado por esto.
    Los colombianos tenemos muchos valores preciados que nos unen, y entre ellos está la gran consideración que tenemos por la vida privada y la autodeterminación individual (y la propiedad privada, claro). El Estado no tiene nada qué hacer mirando por las ventanas para ver qué hacen los ciudadanos con sus cuerpos (ni cómo, ni con quién, ni cada cuánto, etcétera), debe más bien protegernos para que vivamos nuestra vida privada como nos plazca. Debe cuidar y potenciar lo público, para que también podamos disfrutar de lo privado.