Obras que van a París

Obras que van a París
La grandiosidad de exponer Barranqueros y Árboles de esperanza en el Grand Palais de París

En un taller en el mall Indiana del Alto de Las Palmas se pintan cuadros que van a París y a otras ciudades del mundo. El taller ocupa el segundo piso de una oficina envuelta en aroma de inciensos. El paisaje tras el gran ventanal del fondo le permite a la artista recordar sus principios inspiradores, el mismo que ignora cuando se concentra en su trabajo creativo.

Una mujer sonrió arriba, en el fin de unas escalas, cuando se abrió la puerta del taller. Se alcanzó a ver su rostro, la sonrisa y un pincel manchado de amarillo. Una vez allí, fue evidente el inicio de un paisaje en un lienzo junto a su autora Sylvia Restrepo Botero. Esta era la muestra de una labor que inició hace más de 20 años y que la ha llevado a hacer parte de exhibiciones en grandes ciudades del mundo como Hong Kong, Berlín, Barcelona, Florencia, Ciudad de México, Sidney y París. Hace poco regresó de esta ciudad, en la que participó, del 27 de noviembre al 2 de diciembre de 2012, en el Salón de Artistas Independientes de París, esta vez con dos obras: Barranqueros (óleo sobre lienzo 80 x 180 cm) y Árboles de esperanza (hierro con pintura electrostática 30 x 40 x 15 cm).

Sylvia Restrepo es una artista de la ciudad, criada en El Poblado en una casa grande de la calle 7. Desde niña tuvo la posibilidad de estudiar con quien denomina una gran maestra, la artista Libe de Zulategui. Siempre tuvo claro que formarse en el exterior era la mejor opción, por lo que siendo muy joven, viajó a New York (1982) y realizó sus estudios en artes plásticas en el Fashion Institute of Technology, y más tarde, en la Universidad Autónoma de México (1990).

Reconocida por la dirección de arte en importantes producciones de la televisión colombiana, el cine y el teatro, Sylvia se refiere a lo que estos lenguajes han significado para su vida recordando lo que decía su amigo el director Jorge Alí Triana: “la televisión tiene la continuidad de la prensa; el cine los detalles de la literatura; y el teatro la mirada interior de la poesía”.

Entre los recuerdos con actores, protagonistas de telenovelas y artistas que conoció, existe uno muy grato que la enorgullece: “Buscábamos quien representara a una Débora Arango joven para un documental por sus 90 años, y después de 30 audiciones, ella dijo: ‘La única que se parece a mí es Sylvia’”, cuenta mientras reafirma la admiración que tiene por la artista.

La exposición
La inmensidad de la estructura de hierro que cubre el Grand Palais de París, en los Campos Elíseos, es en sí misma un motivo solemne. Allí, en donde está el Gran Salón de Artistas Independientes, creado en 1884 por impresionistas como Van Gogh, Monet y Gauguin para abrir la puerta a un estilo diferente, llegó Sylvia con la posibilidad de mostrar su obra. “Es maravilloso lo que se siente estar en uno de los lugares más espléndidos de París”, dice.

En este salón, que representa uno de los espacios más importantes del arte contemporáneo, se presentaron 300 artistas con alrededor de mil obras. “Personas del gremio del arte lo visitan para cazar lo que les agrade, convirtiéndose en el motivo que lleva a un artista a presentarse en esta exposición”, cuenta Sylvia. La suya fue elegida por un galerista y será exhibida en el Centro Cultural Árabe Sirio, en el Campo de Marte en París, a finales de este año.

La obra interior
Durante los últimos dos años Sylvia se ha dedicado a los paisajes, que están presentes en la escultura de hierro y la pintura que expuso en París. “El tiempo es el que le dice al artista cuándo su obra es realmente buena, por eso, para que la obra madure se debe tener constancia”, dice. Esta es el resultado de un trabajo interior, de estar en soledad y exponerse a la propia mirada. De allí surgió su descubrimiento: “he encontrado en la naturaleza la metáfora poética de que el hombre es un árbol, alimenta sus raíces y da frutos para que alguien más los recoja”, asegura.

Sylvia reconoce la importancia del trabajo técnico, para darle valor y calidad a quien invierte en arte, dado que “la obra es lo que el artista ve afuera, lo transforma en su pensamiento y lo pone con sus manos en el medio”.

Cuando Sylvia inicia un cuadro no está predispuesta a planeaciones. “Me paro frente al lienzo y es como si me saliera de mí misma”. No le gusta encasillar su obra y prefiere no hacer cuadros por encargo. La satisfacción la encuentra cuando ve que a la gente le suscita sensaciones, sobre todo a los niños, a quienes considera los mejores críticos. Es inevitable para ella no recordar la emoción que sintió cuando una niña dijo sobre uno de sus cuadros: “mami esto es lo más lindo que tenemos en la casa”.

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