Obras del Museo Ed.371 / El obispo negro

   
Las obras del Museo de Antioquia… una visita guiada
 
  El obispo negro (Ed. 371)
A pesar del amplio número de obras de Fernando Botero que pueden verse en Medellín, “El obispo negro” tiene una importancia especial por el momento en el cual fue realizado
 
 
Por: Carlos Arturo Fernández U., miembro del Grupo de Investigación en Teoría e Historia del Arte en Colombia, de la Universidad de Antioquia. Profesor de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia.
 
“El obispo negro” acaba de llegar al Museo de Antioquia. Aunque por las vestimentas deberíamos decir que es un verdadero papa más que un obispo.
Este gigantesco dibujo, de 178 por 172 centímetros, que Fernando Botero realizó en 1963, entró a la colección del Museo en circunstancias ya conocidas. Tras la rifa de la obra por parte de Bavaria, el ganador prefirió recibir el valor de su premio en dinero; entonces, siguiendo un proceso antes acordado, la cervecera pidió al artista decidir a qué museo debía ser donado el cuadro. Para fortuna nuestra, Botero escogió el Museo de Antioquia y, así, todos acabamos ganándonos el premio mayor de la rifa.
A pesar del amplio número de obras de Fernando Botero que pueden verse en Medellín, “El obispo negro” tiene una importancia especial por el momento en el cual fue realizado. En los primeros años sesenta Botero está definiendo su estilo; y de esa época tan trascendental no había casi nada en el Museo: solamente una pintura de 1961, además de una acuarela de 1954, que corresponde a una etapa previa.
“El obispo negro” revela el abandono de la figuración tradicional, que Botero logra, entre otras cosas, con el desarrollo de un nuevo sistema de proporciones que transforma las apariencias de la realidad y crea una imagen inédita. No se trata de una simple deformación expresionista sino de un proceso mucho más radical. La gigantesca cabeza ocupa casi todo el espacio y comprime hacia abajo y hacia los ángulos inferiores el tronco y los bazos del personaje. En realidad, lo que se percibe es un movimiento expansivo, como si la cabeza se estuviera inflando, pero quedaran pegados en el medio los ojos, la nariz, la boca y la barbilla de la figura original.
No es deformación expresiva ni gordura. Lo que se da en “El obispo negro” y en todas las obras de Botero de esta época, es la búsqueda de una conquista del espacio del cuadro a través de volúmenes esféricos. Y, en esta dirección, “El obispo negro” es especialmente interesante porque se trata de un dibujo: no nos entretiene con el gozo del colorido sino que se limita al contraste de trazos oscuros sobre la superficie clara y, así, nos enfrenta de lleno con la reflexión que el artista desarrolla sobre la construcción de las formas.
Pero “El obispo negro” no es solo un problema formal; quizá ninguna obra de arte se reduzca a eso. A través de sus formas esféricas, Fernando Botero crea imágenes pero también un mundo de sentido. Y entonces resulta importante reconocer aquí la imagen de un papa y no de un obispo, porque es claro que lo que Botero tiene en mente son los estudios que a partir de 1950 realizó Francis Bacon sobre el retrato del papa Inocencio X pintado por Velásquez en el siglo 17. En ese juego a tres bandas, Botero crea su propio mundo de ironía y de humor.