Obras del Museo Ed.356/ Iris, mensajera de los dioses

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Las obras del Museo de Antioquia… una visita guiada
 
  Iris, mensajera de los dioses (Ed. 356)
Textos de Carlos Arturo Fernández, profesor de Artes de la Universidad de Antioquia y miembro del Consejo de Curaduría del Museo de Antioquia, para Vivir en El Poblado.
Rodin comprende que el movimiento es un estado espiritual, interior y psicológico
 

Iris, mensajera de los dioses, la escultura de Auguste Rodin en la colección internacional del Museo de Antioquia, resulta violenta por muchas cosas: la posición forzada de la figura, su abierta desnudez y erotismo, la superficie burdamente trabajada, la falta de un brazo (incluso en otras versiones de la obra también falta la cabeza). Por una parte, es una realidad material y concreta; pero, por otra, la imagen parece indeterminada, como si no pudiéramos precisar su sentido exacto.
Auguste Rodin (París 1840 – Meudon 1917) fue un artista que comprendió la necesidad de profundizar en las enseñanzas del arte clásico pero, al mismo tiempo, la de modificar los esquemas tradicionales para intentar expresar las realidades del hombre moderno. Entre finales del siglo 19 y comienzos del 20 se impone un nuevo ritmo de vida, determinado por la consolidación de la revolución política, industrial y tecnológica que modifica el mundo de manera vertiginosa. Pero, sobre todo, vinculado con ello se transforma la concepción misma del ser humano.
Por eso, cuando Auguste Rodin enfrenta la creación de sus esculturas, descubre que ya no puede limitarse al mero recuento de las apariencias sensibles porque eso significaría desconocer las realidades y valores más profundos. Como los pintores impresionistas, que son sus contemporáneos, Rodin se interesa por la figura en movimiento, propia de un mundo cambiante; pero, más sutilmente que ellos, comprende que el movimiento es, sobre todo, un estado espiritual, interior y psicológico.
Iris es una escultura en bronce, de 49 por 37 por 20 centímetros, modelada después de 1890 como parte de un proyecto nunca concluido para un monumento a Víctor Hugo. Allí la musa, personificación mitológica del arco iris como unión de los dioses y los hombres, representaba la inspiración del poeta, que es espiritual pero también intensamente carnal, erótica y sensible. Cuando más adelante arranca esta figura del proyecto y la presenta como un estudio independiente, se revelan bien las búsquedas de Rodin y, sobre todo, su convicción de que el hombre moderno, en permanente cambio, no puede ser abarcado en su totalidad ni reducido a un golpe de vista. Por el contrario, lo que sabemos de él, y lo que Rodin nos entrega en esta figura femenina, es solo un fragmento abierto a la interpretación y a la expresividad.
Quizá por entender que se impone una realidad en permanente cambio, y por la capacidad de buscar y encontrar formas de expresión nuevas, muchos historiadores del arte consideran que Auguste Rodin es el más importante escultor desde la época de Miguel Ángel y Bernini.

 
 
 
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