Obras del Museo Ed.298/Perfil

    Perfil , de Andrés de Santa María, es un cuadro desconcertante. Esta pintura, de 74 por 62 centímetros, en óleo sobre lienzo, fue realizada, quizá, a comienzos de los años veinte del siglo pasado, aunque la fecha no se conoce con exactitud. Podríamos creer que es una obra corriente, pero cuando nos aproximamos no logramos saber muy bien cuál es el asunto que interesa más a su autor: si se trata, ante todo, de un gran bodegón de flores junto a las cuales se presenta de manera adicional el retrato de una joven que casi aparece como una más entre ellas, o si lo fundamental es el rostro de una muchacha que se utilizaría para darle sentido a todo el conjunto.

    En realidad, Andrés de Santa María crea su obra a partir de ese juego de ambigüedades que, por lo demás, no aparece solo en esta pintura sino que el artista explora ampliamente otras veces; en muchas de sus obras resulta imposible definir los distintos elementos de la composición con base en los criterios tradicionales de su importancia temática –según los cuales lo principal debería ser lo más notorio o significativo– ni tampoco a partir de la diferenciación entre una figura principal y un fondo contra el cual se destaca. Aquí no existen tales distinciones. Más aún, desde una perspectiva puramente visual, el espectador percibe el cuadro como una realidad indivisible y homogénea dentro de la cual el rostro y las flores no se pueden separar.

    Y, seguramente, esa es la impresión que Santa María busca crear en esta obra porque, como es evidente, los colores del retrato son los mismos que utiliza para las flores, y como es igual el empaste de materia o la forma de la pincelada en todas las partes del cuadro, así como existe una absoluta continuidad en el espacio porque tanto la figura como las flores se presentan en el mismo primer plano con eliminación absoluta de cualquier preocupación por sugerir un desarrollo en profundidad.

    Es muy poco lo que esta pintura nos revela de la realidad exterior: difícilmente podemos identificar de qué flores se trata y mucho menos podríamos esperar que el rostro de la mujer nos ofreciera alguna pista acerca de su interioridad. Flores y rostro están allí solo como grumos de material y manchas de color sabiamente ordenadas.

    En otras palabras, aquí no hay confusión ni ambigüedad. Andrés de Santa María descubre que la pintura tiene medios propios y que son ellos lo que permiten la creación de la obra. Lo demás es apenas una disculpa para gozar de la impresión que producen la riqueza del color y la acumulación de la materia en el espacio pictórico.