Obras del Museo Ed. 309/La Huída

    No puede negarse que el compromiso con un pensamiento político sirve muchas veces como punto de partida para la realización de grandes obras de arte. Un ejemplo claro lo encontramos en La huida, una pintura al óleo sobre tela, de 243 por 163,5 centímetros, que Rafael Sáenz realizó a comienzos de la década del 50 y expuso en 1957 en el antiguo Museo de Zea, que la adquirió en 1968.

    Sin embargo, tampoco será difícil ponerse de acuerdo en el hecho de que esta pintura mantiene su fuerza y capacidad de impactarnos, inclusive cuando, después de medio siglo, ya no nos resultan tan evidentes los conflictos políticos que le sirvieron de contexto. Por ejemplo, no sabemos de qué lado estaban los liberales o los conservadores en el drama espantoso que aquí se desarrolla, lo que indica que el valor de la obra va más allá de las circunstancias históricas e ideológicas que la motivaron. En efecto, la tensión de la pintura de Sáenz es tan extrema que nos hace comprender de inmediato que el compromiso político de esta pintura no radica, realmente, en las ideas políticas, al menos si las consideramos a nivel coyuntural.

    Por supuesto, no quiere esto decir que ya no entendamos lo que representa la obra, pues la infamia del desplazamiento forzado destroza hoy más que nunca la sociedad colombiana. Más aún, a pesar del tiempo transcurrido, la pintura conserva su vigencia y nos enfrenta a problemas que superan cualquier anécdota. Lo que pasa es que en La huida de Rafael Sáenz el compromiso no es un asunto de política de partidos sino la denuncia desgarradora del dolor humano; y esa es una toma de posición que se produce a través de la manera como pinta el cuadro.

    La huida está llena de sugerencias por medio de las cuales el artista quiere, no solo recrear los hechos, sino, además, hacernos participar de la desesperación que ahoga a los protagonistas del drama. Para estos desplazados parece que no queda espacio sobre la tierra. Evidentemente son campesinos, pero su paisaje desapareció, ya no existe, y solo queda a sus espaldas un barranco insuperable, un muro en el cual la tierra parece de fuego, que cierra todo regreso. El pasado se perdió, pero tampoco parece haber futuro; no hay dirección ni rumbo: no es claro a dónde van y muchos ni siquiera pueden prestar atención al camino. En realidad, son apenas una masa que se despeña sin remedio, y sentimos la fuerza de los volúmenes que se precipitan.

    Y todo ello se crea con formas y colores, desplegados en una diagonal descendente que hace que se borren los límites ideales que hasta ahora habían separado la pintura del espacio tranquilo desde el cual quisiéramos seguir mirándola.

    Pero Rafael Sáenz nos niega esa egoísta tranquilidad y, como una avalancha, la masa de los desplazados se instala en nuestra vida, con todo el dolor del mundo. Más fuerte que los discursos, esta pintura es política pura, en acción, comprometida contra la injusticia y el desarraigo.