Obras del Museo Ed. 301/Las tres Gracias

    Las tres Gracias es una pintura de Luis Alberto Acuña, de 118 por 144 centímetros, realizada al óleo sobre lienzo en 1937, que nos permite asomarnos a la manera como se transforma la consideración de las obras de arte a lo largo de la historia. El arte y la cultura del presente quizá nos hacen ver esta pintura con ojos distintos a los de sus coetáneos y, por tanto, leer en ella cosas también diferentes.

    En los años treinta, Luis Alberto Acuña fue el artista más convencido de la necesidad de desarrollar un arte de tipo nacionalista, que reivindicara los valores autóctonos, las mitologías aborígenes, el indigenismo, el ambiente americano, para que nuestra cultura pudiera dar un aporte universal. Por eso, es paradójico que pintara un tema como éste que, evidentemente, no hace referencia a las mitologías aborígenes sino a las clásicas y, más extraño todavía, que la obra fuera aceptada entonces como verídica y americanista. A no ser que recordemos que en el mito griego las Gracias son divinidades de la belleza y potencias naturales: como tales, apoyan la idea de la exhuberancia de nuestro mundo, y exaltan unas formas y tipos de belleza alejados de los modelos académicos que envolvían gran parte del arte colombiano de la época.

    Hoy, a pesar de que se refuerzan los valores regionales, somos menos sensibles a las búsquedas aborígenes y, en general, creo que será casi imposible que veamos las Gracias de Acuña como divinidades americanistas. Por el contrario, quizá destacamos, sobre todo, que el artista lee juiciosamente el mito clásico y representa su escena más conocida, cuando las Gracias regalan un vestido a Harmonía, hija de Ares y Afrodita, que, en este caso, es la figura más luminosa en el centro derecho del cuadro. Pero, además, es obvio que Acuña no piensa en artistas indígenas sino que imita libremente a pintores europeos, quizá Renoir, Picasso o Chirico.

    La sensación de arcaísmo todavía se impone, pero no se da por una referencia aborigen sino por el equilibrio estático que crea el artista: las dos mitades del cuadro se repiten casi perfectamente, como imágenes en un espejo, al tiempo que los ejes que las unen evitan que haya movimientos y desarrollo de fuerzas dominantes.

    En síntesis, Las tres Gracias de Acuña crean un primitivismo que nos remite a los orígenes de la cultura, pero no por nacionalismo sino por su construcción cerrada y por sus volúmenes forzados y esquemáticos, como si fueran los de una talla arcaica.