No todos los caminos llevan a Roma

No todos los caminos llevan a Roma
Hacer el camino es un excelente ejercicio físico, pero también es una manera de elevación espiritual

Nos dice la sabiduría popular en Europa que si uno no sabe dónde se encuentra y sigue el camino que se extiende a sus pies, llegará a Roma. En el siglo décimo esto no era cierto, porque todos los caminos europeos terminaban en Santiago de Compostela, España, cerca del fin de la tierra – Finis Terrae -, puesto que las tierras y caminos del sur del continente y que conducían a Roma y Jerusalén estaban en posesión de los Infieles –los moros como decían en España.
Esas épocas lejanas eran de peregrinación hacia los lugares sagrados, donde se iba en busca de la redención de los pecados cometidos en esta vida, para llegar así -a la hora de la muerte- lo más limpio posible a su rendición de cuentas con el creador. Anualmente llegaban a Santiago miles de peregrinos provenientes de todos los rincones de Europa, buscando con la peregrinación la salvación de su alma. Cada viaje de ida y regreso era toda una empresa personal o familiar que fácilmente se tomaba varios meses.
Están documentados caminos hacia Santiago que provenían de Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, Austria, Hungría, Italia, Alemania, Polonia, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, etc. Confluían todos en dos o tres puntos de entrada a España: Somport –cerca a Huesca-, Roncesvalles -próxima a Pamplona-, y San Sebastián -en la costa cantábrica; también llegaban a Santiago caminos desde Portugal y de cada rincón de la península. El más conocido hoy es el llamado Camino Francés, que cruza los Pirineos desde Saint Jean Pied de Port en Francia y entra en España por Valcarlos (Roncesvalles); en total desde allí hasta Santiago son 774 kilómetros pletóricos de variados y contrastantes paisajes, y que a pie se completan en aproximadamente un mes.
El camino perdió importancia a partir del siglo 15 –cuando los moros salieron de España-, pero que ha recuperado su popularidad a partir de la década de los 80 del siglo pasado; ya no solo como ruta de peregrinación, sino también como ruta vacacional familiar o de amigos, especialmente en los meses de verano, pero usada durante todo el año por miles de peregrinos de todas las nacionalidades.
Hacer el camino es un excelente ejercicio físico, pero también es una manera de elevación espiritual, donde el peregrino en contacto consigo mismo tiene la oportunidad de meditar sobre su vida, su pasado, su futuro, decisiones pendientes, etc., dando también la oportunidad de encontrar y conocer personas de diferentes nacionalidades y orígenes, y que serán las que compartirán su camino en ese lapso, y en algunos casos durante el resto de sus vidas.
Además, permite al peregrino entrar en contacto íntimo con la rica cultura e historia del norte de España, a través de sus gentes, tradiciones, ciudades, iglesias y monasterios, edificios históricos, gastronomía, etc. Con justa razón la Unesco declaró al camino como patrimonio cultural de la humanidad.
Estos casi 800 kilómetros llevan cada día al peregrino hacia diferentes cocinas regionales, las que se han adaptado durante centurias a los productos específicos de cada comarca, a su clima y también a los alimentos que llegaron a ellas desde las colonias españolas de ultramar, especialmente desde América.
Por tratarse de poblaciones tan antiguas, existentes hace más de 1.000 años, las distancias entre ellas son cortas, entre 10 y 20 kilómetros, lo que facilita el desplazamiento sin constituirse en un esfuerzo sobre humano. Las comunidades conservan y mantienen las fiestas, costumbres y platos regionales o familiares, y que serán los que el peregrino va a encontrar cada noche, cuando solicite en cada restaurante el conocido como “el menú del peregrino” compuesto por tres suculentos platos: entrada, principal y postre, acompañado por un buen vino de la región, bien sea blanco o tinto, todo ello por un precio más que razonable.
Algunos pocos ejemplos de lo que el peregrino encontrará en su devenir (además de la calidez humana de los bares, tabernas y restaurantes) serán las alubias rojas con manitas de cerdo y las chistorras en las cercanías de Pamplona; los pinchos o tapas de los bares de esta ciudad, Burgos, León y Santiago; los pescados, corderos, codornices, mariscos, etc., cocidos a la manera de cada comunidad –no es lo mismo ni saben igual una merluza a la Navarra que una merluza a la Gallega–; la posibilidad de disfrutar de un buen trozo de bacalao cocido a la perfección cerca de Santo Domingo de la Calzada; y casi al final, en Melide (Galicia), conocer la gloria en la pulpería Ezequiel disfrutando de un exquisito Pulpo a la Gallega; el peregrino encontrará además, a lo largo de su recorrido, embutidos, tortillas, postres, quesos y dulces variados, emblemáticos de cada región, que recordará por muchos años y que podrán satisfacer al paladar más exigente.
Hacer el camino es fácil, se empieza y se termina donde quiera el peregrino, los albergues al final de cada etapa dan alojamiento por una noche a un precio módico, no hay horarios para cumplir, ni etapas definidas. Hay cierto orden preestablecido pero cada cual es libre de hacerlo de acuerdo con sus propios requerimientos y deseos. Hacerlo este año, tiene el “bono especial de ser un año santo”: los que caminen un mínimo de 100 kilómetros –esto es desde León hasta Santiago-, lo registren en “La Credencial”, asistan a la misa de los peregrinos, abracen al santo, lo visiten en la cripta y reciban los sacramentos de la penitencia y la comunión, recibirán la indulgencia plenaria, tal cual está establecido por la Iglesia Católica.
Internet tiene abundante información sobre el tema; especialmente útiles son las de las Asociaciones de Amigos del Camino (http://www.caminosantiago.org), o pueden escribirme al periódico o a mi dirección personal alvaronenator@gmail.com, donde gustosamente trataré de dar respuesta a eventuales preguntas o inquietudes.
Espero que algunos se decidan, que tengan un buen camino y un recuerdo imborrable para sus vidas.

Buenos Aires, marzo de 2010.
buenamesa@vivirenelpoblado.com