No por mucho madrugar…

   
  Por: Juan Carlos Orrego  
 
La semana pasada, mi cuñado me estuvo hablando de las tareas escolares de su hija, las cuales tienen que ver con fotos, dibujos, monigotes y no sé qué otras ingeniosidades. La criatura cumple dos años en mayo, de modo que todavía se demorará para llegar al altísimo nivel de mi sabio vástago de cinco, quien hace una o dos tareas diarias —incluyendo sábados y domingos— y debe lidiar con letras, números, trazos barrocos, mil osos para colorear, recortes de periódico y advocaciones de la Virgen. Al mismo tiempo, este niño portentoso se prepara para rendir la prueba máxima poco después de que cumpla los seis años: levantarse “todavía de noche” —como él mismo dice— para marchar al colegio.
Ha corrido mucha agua bajo el puente desde la época en que yo tenía cinco años y, como un gato perezoso, me escurría bajo la cobija de mi abuela para recibir, desenfadadamente, las clases de las primeras letras. La vieja —que por esos días libraba una feroz batalla contra la arteriosclerosis— me leía las aventuras de un grillo vagabundo y lograba, sin mayores esfuerzos ni piruetas metodológicas, enseñarme la ciencia de las vocales y consonantes. Después fui admitido en el colegio sin los méritos de ninguna certificación, además de que, gracias a lo aprendido en aquella historia invertebrada, mi ABC bastó para ahorrarme la juguetona cátedra del kínder. Poco importaron las torpezas de mi mano novicia: acabé dominando el arte de las bolitas y palotes y, como cualquier hijo de vecino, fui bachiller a los 17 años, sin mayores traumas.
A diferencia de todo eso, por muchos colegios de hoy corren vientos feroces de algo que, si no es terror paranoico, muy seguramente será pecaminosa soberbia. Pareciera como si los planificadores de la educación temieran que nuestros hijos fueran a convertirse en idiotas irredentos o en monstruos disfuncionales si a la más tierna edad no leen de corrido discursos presidenciales, o si antes de que les hayan aflorado todas las muelas no tienen una caligrafía de monjas de clausura. De ahí la disciplina frailuna del madrugar y de los deberes escolares en serie infinita. Sin embargo, sospecho que no se trata del temor prudente elogiado por Shakespeare: más bien ocurre que los centros educativos, con arrogancia y codicia, se han desbocado en una loca carrera por capturar clientes, y de ahí la fatal urgencia de parecer, cada uno, un paraíso de calidad y un erial de sabiduría. Luego, una vez los padres de familia muerden el anzuelo de los lustrosos resultados ofrecidos, esa misma magnificencia se convierte en pretexto para elevar la pensión hasta los más altos topes.
Como tantas cosas, también la educación básica se ha mercantilizado con total vulgaridad. Por obra de la miopía febril que ve un “producto” en cada niño que lee y escribe, se ha olvidado la ciencia de entender lo que cada edad quiere y necesita. Eso sí, no todas las maldiciones deben caer sobre profesores, rectores y secretarios de educación: también las merecen algunos padres dementes cuyo fervoroso deseo es que sus retoños sean admitidos en el primer grado antes de dejar los pañales, paso necesario para lograr la titulación doctoral a los veinte años. El problema es que, como ocurre con los aguacates, la maduración no se consigue por la sola mediación del método o los deseos, y de ahí que las universidades estén llenas de espíritus biches ahogados en nubes de incertidumbre.
Sea de quien sea la culpa, ¡qué tortuoso se ha hecho ir la escuela! Toda la inconformidad que el caso suscita está recogida en esta frase del escritor chileno Luis Sepúlveda sobre las tribulaciones de un inocente colegial en una vieja novela italiana: “Hay que ser muy cabrón para deleitarse haciendo sufrir de esa manera a un pobre chico”.

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