No oyes ladrar los perros


Por: Gustavo Arango
Es una historia a la que siempre vuelvo. Emprendo el camino hacia Tonaya cada vez que deseo explicar a los alumnos que, en literatura, nada es tan sencillo como parece y lo que parece más sencillo suele ser lo más complejo. Por suerte, para ellos, todo es nuevo. Me consta que en otras latitudes, el hecho de que los protagonistas de Juan Rulfo sean campesinos, gente pobre, hijos de indios que olvidaron sus raíces, hace que muchos pierdan interés en el asunto. En esas sociedades estratificadas, los indios y los pobres son estrato bajo cero y por eso a nadie parece importarle si los desaparecen o los matan. Aquí, por lo menos, la atención se despierta ante la posibilidad de lo distinto, lo levemente exótico.
La historia comienza con una conversación extraña. Alguien, nunca sabemos su nombre, le pregunta a otro alguien: “Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte”. El que va arriba es de pocas palabras y dice que no oye nada, que no ve nada. Ignoramos cómo viajan; podría ser un autobús londinense. Sólo sabemos que el que va abajo está más interesado por llegar y al de arriba parece no importarle lo que pasa. Cuando tengo un público atento, también les hago notar la calidad de ese lenguaje, la repetición de palabras indefinidas, su falta de elaboración (y la elaboración, el adorno innecesario y la supuesta “ corrección” son la plaga de las letras hispanas), sus énfasis naturales y muy reveladores.
Después de un intercambio de palabras entre los dos personajes, aparece un narrador despistado, que parece haber llegado amanecido de una parranda, y se dedica a decirnos que los dos hombres proyectan una sola sombra, que la sombra sube y baja por las piedras del camino, que a veces se hunde en el agua del arroyo que está al lado. Agrega también que en algún lado de la tierra sale una luna enorme “como una llamarada redonda”, pero no tiene la cortesía de decirnos quienes son los personajes de la historia, cómo viajan, por qué viajan, de dónde vienen y para dónde van. El narrador de esta historia es como un comentarista de fútbol que se olvida de decirnos que hubo gol y se dedica a hablarnos de lo bonitas que están las nubes. Tampoco parece haber ido a la escuela, o tener el canal de National Geographic, pues todavía sigue creyendo que es la luna la que se eleva desde la tierra.
Poco a poco, en medio de la oscuridad del camino y de la historia, los lectores podemos sacar algunas conclusiones. Sabemos que el de abajo es el padre de Ignacio, que Ignacio está enfermo y que van a Tonaya en busca de un médico. Casi todo lo que llegamos a saber nos lo dice la cantaleta de ese padre indignado por la mala vida de su hijo. Habla de la madre muerta en un parto, de la vida criminal del hijo, de sus robos y homicidios, maldice la sangre que el hijo tiene de él, pero con todo y su indignación no deja de llevarlo sobre la espalda. Para justificarse, dice que lo hace porque su madre no hubiera querido que lo dejara morir por ahí tirado.
Como el narrador de la historia se la fumó verde, a los lectores nos toca adivinar que los goterones “como lágrimas” que caen sobre el padre son de sangre, y que el silencio creciente, las piernas que se aflojan y el sacudir de la cabeza son señales de muerte. Al final, cuando llegan a Tonaya, el padre tiene dificultad para destrabar los brazos de Ignacio, escucha por todos lados el estruendo de los perros y le reprocha a su hijo que no le hubiera ayudado ni siquiera con esa esperanza.
Alguna vez leí que la muerte de un hijo es tan dolorosa que no existen palabras para el que se queda vivo. Hay huérfanos y viudos, y la muerte de padres o parejas son cosas que se aceptan cuando uno acepta las leyes de la vida. Pero nadie se ha atrevido a nombrar esa tragedia que es la muerte de un hijo, esa monstruosidad que despoja a la vida de propósito y sentido, que lleva a algunos a la blasfemia. Siempre que emprendo el viaje a Tonaya termino conmovido ante la imagen de ese padre que se niega a aceptar la realidad y que piensa que echando cantaleta mantendrá a su hijo vivo.
Oneonta, septiembre de 2011.
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