¿Navidad sostenible?

Navidad sostenible

Estos tiempos son perfectos para mostrar nuestra generosidad, pero también son propicios para que el consumo idiota se multiplique. ¿Qué tal si se regalan experiencias en vez de productos? Un bono para ir a un concierto, una invitación a cine, un día en el Parque Explora…

Alejandro Álvarez Vanegas
Por: Alejandro Álvarez Vanegas

Pocas acciones generan tanta satisfacción como dar. La expresión en la cara de una persona cuando le regalamos con cariño es un motivo de gran alegría. Damos, en parte, porque la generosidad se siente bien, porque no somos seres aislados, y al obsequiar algo se intensifican las interacciones y se fortalecen los lazos sociales.

Pero, como con todo lo que produce satisfacción, hay que saber cómo hacerlo y hasta qué punto. Cuando la forma de dar no es la correcta y ciertos límites no se respetan, las consecuencias son bastante negativas. Por ejemplo, dar pensando que lo único valioso es lo material, es terrible.

Los productos que regalamos han requerido, en algún grado, la extracción y la transformación de recursos naturales y, por ende, han tenido un impacto sobre el entorno ecológico. Es imposible no ejercer presión sobre los ecosistemas (somos una parte de ellos que interactúa con otras partes), pero sí que es posible (y además urgente) limitar esa presión para que no conduzca a daños irreparables que afectando esas “otras partes” de la naturaleza, arruinarán también al ser humano.

¿Qué tanto necesitamos poseer para sentirnos bien?

En la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, hay un Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) dedicado a la producción y el consumo responsables. Este ODS 12 reúne esfuerzos por lograr mejores patrones de producción: sistemas industriales que usen los recursos de manera más inteligente, por medio de técnicas responsables de extracción; materiales diseñados para ser recuperados; procesos que eviten las sustancias peligrosas y el derroche de energía; entre otros.

Ser más eficientes a la hora de producir es fundamental, claro, pero también hay que pensar en la eficiencia del consumo.

El enfoque desmedido en la posesión, además de destruir el medio ambiente, enferma nuestra mente. Erich Fromm, autor del libro Tener o ser, le otorgó al asunto un carácter existencial. Dijo en una entrevista: “si mi sentido de identidad está basado en lo que tengo, en mis posesiones, si puedo decir soy lo que tengo, entonces surge la pregunta ¿qué soy si pierdo lo que tengo? Así pues, el sentido de identidad basado en lo que tengo es siempre amenazante […]. Si siento que yo soy lo que tengo, y no tengo nada, entonces yo no soy”.
Lo único en juego no es la salud del planeta, sino también la salud mental de la sociedad. Esta es una reflexión que, más allá de ser importante para la filosofía humanista o la psicología social, tiene implicaciones prácticas para la cotidianidad: la economía debe, además de buscar la circularidad en el uso de los recursos, basarse cada vez más en servicios que nutran la naturaleza humana en el ser y no solo en el tener. Como se menciona en la Carta de la Tierra, “debemos darnos cuenta de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, el desarrollo humano se refiere primordialmente a ser más, no a tener más”.

Estos tiempos del año son perfectos para mostrar nuestra generosidad, pero también son propicios para que el consumo idiota se multiplique. ¿Qué tal si se regalan experiencias en vez de productos? Dele a su prima un bono para ir a un concierto; a su tía, una invitación a cine; a sus sobrinos, regáleles un día en el Parque Explora, el Planetario, o el Jardín Botánico; a sus padres, un fin de semana en un eco-hotel. También está la opción de hacer acciones bonitas por el planeta o las personas en nombre de esos seres queridos. Se pueden hacer donaciones para proteger la naturaleza (las palmas de cera, los titís, las tortugas marinas) o para promover la educación o la correcta nutrición en la niñez o la juventud (las causas son infinitas).

Ser consumidores responsables implica también revisar qué es lo que damos. ¿Queremos regalar productos superfluos que ponen el riesgo nuestro futuro? ¿O preferimos dar algo significativo que enriquezca la vida de esas personas que queremos? Las experiencias no nos pueden ser arrebatadas.