Mónica Vargas

 
 Mónica Vargas
 
   
 
Mónica pretendió negarlo, no le contó a su mamá y pidió otras tres opiniones. El resultado fue el mismo.
 
   
 
 
   
 
Es matemático, dice Mónica Vargas, el día 13 después de la primera quimioterapia se cae casi todo el pelo. Aunque lo había tenido muy corto, aunque había sido extravagante en sus estilo de peinarse, aunque era una de las consecuencias que había previsto y aunque había aprendido a ponerse turbantes para ese momento, el día que se levantó y vio la almohada con pelos y el pelo caerse entre sus dedos, lloró y llamó a su hermano sacerdote para encontrar en él consuelo, el mismo hermano quien había sido y sería su mayor apoyo durante todo el proceso que conlleva el difícil diagnóstico de cáncer de mama.
Con solo 36 años, Mónica Vargas, una mujer soltera y convencida de que era invencible sintió, al echarse crema en todo el cuerpo, una anormalidad en su seno izquierdo. Un “chichón” que luego de la ecografía el ginecólogo consideraría ser un quiste hemorrágico el cual se reabsorbería. Ella insistió en que el quiste fuera removido. La patología dio que tenía cáncer de mama.
Una arquitecta trabajadora, joven, rodeada de amigos por montones, con una relación cercana a su familia, saludable y sin herencia conocida de cáncer de mama no era el cuadro esperado para este diagnóstico.
Al momento de recibir la noticia estaba sola. Con el diagnóstico confirmado por mamografía, Mónica pretendió negarlo, no le contó a su mamá y pidió otras tres opiniones. El resultado fue el mismo y el paso a seguir fue una cuadrantectomía, extirpar una cuarta parte del seno. Durante los siguientes 8 meses siguió radioterapia, braquiterapia y quimioterapia. Las tres fueron incómodas y agotadoras pero siempre se enfrentaron a una paciente llena de ganas de vivir. Lo más duro fueron los resultados que no se esperaban; sabía que el pelo se caería y que vomitaría, pero nunca esperó aumentar 15 kilos de peso. Se cansaba mucho, le daba sueño, perdía la concentración y la memoria se veía afectada. También la digestión, el color de la piel y las uñas cambiaron. El ritmo de vida era otro, dejar de trabajar muchos días y estar concentrada 100 por ciento en su recuperación.
Adicional al tratamiento clínico, Mónica con una determinación extrema a no hacer parte de las estadísticas de muerte, hizo todo lo que estuvo a su alcance en medicina alternativa para sanarse por fuera y por dentro. Visitas al bioenergético, acupuntura, terapia de renacimiento, auriculoterapia, prismas, psicología, grupos de apoyo y cadenas de oración.
Hace dos años terminó el tratamiento y solo ahora empieza una vida normal. Está bajando de peso, no se cansa tanto, siente que ha recuperado en alguna medida su memoria y lentamente empieza a reconocerse como la mujer que era antes del diagnóstico, solo que hoy tiene una mejor relación con su familia, un aprecio renovado por la vida, las prioridades reordenadas y definitivamente más tiempo para ella, para cuidarse, para hacerse chequeos cada 3 meses, eventualmente cada seis y después cada año, ecografías, mamografías, radiografías de tórax y exámenes de sangre.