Mis respetos, Natalia

Tiene lo que hay que tener: un yacimiento propio de coraje, dignidad y resiliencia imposibles de conseguir en el mejor de los quirófanos

/ Etcétera. Adriana Mejía

No conozco a Natalia Ponce de León, pero sólo con mirar las fotos suyas anteriores al terrible 27 de marzo de 2014, me entero de que era una mujer hermosa. Y sólo con observar su presencia en el pre lanzamiento de El renacimiento de Natalia Ponce de León y en el lanzamiento en la Filbo –y oír lo que dijo en las dos oportunidades–, corroboro que sigue siéndolo. Y, seguro, al leer el libro que de ella y con ella escribió la periodista Martha Soto (Intermedio Editores), deduciré que lo será por siempre.

Natalia Ponce de León tiene lo que hay que tener: un yacimiento propio de coraje, dignidad y resiliencia imposibles de conseguir en el mejor de los quirófanos. No es producto del bisturí la verdadera belleza del ser humano.

No obstante con el convencimiento que digo esto, mis palabras me suenan huecas; me suenan a uno de esos consuelos bienintencionados que todos damos en momentos determinados, sin tener ni idea de la dimensión del sufrimiento que ha atravesado la vida de quien o quienes los reciben. Sin embargo, en medio de la impotencia, de alguna manera hay que hacerle eco a un despliegue de valor que aunque desconocemos, intentamos dimensionar. Ya no es tristeza lo que produce Natalia; es orgullo, es esperanza.

Con un sombrero negro de ala ancha y el rostro cubierto por una máscara de policarbonato que hace parte del proceso de rehabilitación, Natalia se asomó de nuevo al mundo. Mirando de frente a los asistentes y con un tono de voz sereno, sin titubeo alguno presidió las ruedas de prensa en las que habló –sin odio– del fuerte año que ha vivido, desde el momento en que un joven de su barrio le lanzó un litro de ácido sulfúrico sobre la cara y el cuerpo.

“No es fácil salir, pero he tomado valentía. Seguiré tomando valentía para que se acabe esta tortura para mucha gente”. Mucha gente que ha sufrido lo mismo que ella, una de las cosas peores que le puedan ocurrir a cualquier persona: ser desfigurada con ácido. “La parte más dura es cuando te ves destrozada, sin identidad”. Sobre todo, en medio de una sociedad en la que el culto al bótox, a la silicona, al gimnasio, a la juventud estirada y a la estética ayudada, es pasaporte al éxito.

(A eso me refiero cuando digo que hay circunstancias en las que cualquier palabra suena hueca. Nada de lo que se diga podrá mitigar el dolor de cientos de mujeres y hombres que en Colombia vienen siendo víctimas de estos delitos atroces, amparados sus perpetradores por una legislación ridícula que más parecería estar de parte de ellos que de los afectados. Mucha indignación, mucha estadística, muchas declaraciones, y qué. La mayoría de los agresores siguen libres. Justicia teórica la nuestra.)

Natalia sabe todo esto. Como sabe, también, que en medio del infortunio es privilegiada no solo por estar rodeada de una familia que, además de amarla puede apoyarla, sino porque su caso –por ser el más brutal que hasta ahora ha sucedido– ha concitado el interés de los medios de comunicación. Sin proponérselo, se ha convertido en el símbolo de Angie, Sandra, Elizabeth, Nelson, Alexander…, todos los que, como ella, han padecido en carne propia la violencia y tienen que aprender a convivir con sus secuelas. De ahí la idea de la fundación que acaba de constituir (Fundación Natalia Ponce de León, para la que destinará buena parte de las regalías que reciba por el libro), cuyo objetivo es que todas las personas atacadas por sustancias químicas tengan las posibilidades de recuperación que ella, la directora, ha tenido. En especial, porque ha logrado curar el alma.

Y ojalá se tipifique, por fin, el delito de maltrato en todas sus manifestaciones. Para que fundaciones como la de Natalia no tengan que existir.

Etcétera: “El pasado es el pasado y hay que seguir para adelante. Sé que en medio de todo soy afortunada, y por eso quiero ayudar a otras personas para que puedan salir adelante después de un crimen de esta magnitud”. Me hubiera puesto también un sombrero enorme, para quitármelo de pura admiración.
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