Mirar con otros ojos

     
     Publicado en la edición 393, 05 julio de 2009 
       
     
    Mirar con otros ojos
     
       
     
    Muchas veces las quinientas palabras de esta nota han sido dedicadas a reclamar airadamente, con desconsuelo otras y en la desesperanza algunas tantas, el por qué si soñamos con un país nuevo, una sociedad diferente, una ciudad ejemplar, no la construimos todos, aportando cada uno su mejor esfuerzo para alcanzar ese objetivo.
    Igualmente a como nos llegan voces quejándose por todo lo habido y por haber. Así como nuestros teléfonos se llenan de llamadas de quienes ven en todo lo que se refiere al Estado a un enemigo que no espera sino a que los ciudadanos se replieguen para atacarlos, también es justo hacer mención de aquellas voces que nos demuestran con ejemplos cómo la generalización no es más que otro error en el que caemos con frecuencia.
    Basten dos de ejemplos que nos demuestran que mientras muchos están buscando la manera de apoderarse de los dineros públicos, de no hacer su tarea en concordancia con lo que se espera de ellos, también existen quienes sí lo hacen y con su trabajo callan a los que miran al Estado como contraparte de la ciudadanía.
    El primer ejemplo sale de una llamada de un lector de Vivir en El Poblado, quien nos relató cómo en las oficinas del gas de Empresas Públicas se apersonaron de su caso que no había logrado resolver por ningún medio. Solo y sin ayuda de funcionarios de alto rango, este ciudadano simplemente fue atendido y comprendido por los empleados de EPM, quienes le resolvieron de manera ágil y certera su situación.
    Igualmente, otro lector, llamó a nuestra redacción para relatarnos cómo en el Das, a pesar de lo cuestionado y emproblemado que se encuentra, le ayudaron amablemente, también sin tener que recurrir a nadie y solo usando los instrumentos más elementales de todos, la paciencia, la amabilidad y un teléfono.
    Nos contó el lector que en esa interminable cola para llegar a las oficinas del Das, hay quienes se desesperan y tratan con grosería y altanería a los funcionarios que están tratando de hacer su trabajo. Olvidamos muchas veces, que todas las instituciones o empresas, sin importar si se trata del sector público o privado, están conformadas por personas que en su mayoría son buenos ciudadanos.
    Pensar antes de hablar, callar antes de injuriar, medir el efecto de las palabras, estar seguros de que toda generalización no conduce más que a discriminaciones y al fomento de prejuicios que en nada ayudan a cambiar este mundo, sería el consejo que podríamos dar.
    Siempre es más fácil ser voceros del apocalipsis, mirar el lado oscuro de la vida, ver cómo el fracaso ronda toda empresa que se inicie, añorar tiempos pasados y pensar que el futuro de los hijos será peor que el presente de los padres, que buscar, aunque sea con la linterna de Diógenes, aquellas acciones que lo reconforten a uno con la vida, que den esperanzas por nuevos tiempos. Solo hay que tener ojos para ver.