Mencken, Dios y otras pequeñeces

 Por: Jose Gabriel Baena 
 
Ya alguna vez hablé sobre H.L. Mencken, el feroz crítico norteamericano de la primera mitad del lejano siglo 20. Me acordé de él otra vez porque desde el 19 de enero había colegiales uniformados en el Metro, pobrecillos. Mencken era un implacable denostador de la educación en USA, sobre la cual escribió numerosos artículos proponiendo reformarla. En uno de ellos hablaba de la inmensa tristeza y furia que le causaba el ver a los estudiantes caminando rumbo a la escuela bajo los vientos del invierno a las siete de la mañana. ¿Para qué estudiar tanto -decía- si muy pronto vamos a querer olvidarlo? Estoy no sólo de acuerdo con él sino que puedo afirmar que en mis años de adulto me la he pasado pretendiendo no hacer memoria de mis tiempos de escuela, del liceo, de la U. Nada de lo poco que supuestamente aprendí me ha servido para nada sino sólo hundirme cada vez más en el pesimismo. Todavía repito en mis fiebres las preguntas y respuestas del Catecismo Astete, que me marcaron para siempre, la tablas del 11 al 16, los Himnos, las historias sagradas y profanas, los inmensos textos de Cívica de Don Abraham que había que escribirlos punto por punto en los exámenes o si no se perdían, y demás. Entonces, en las altas noches, les ruego a los Divinos Poderes que me envíen de una vez el Alzheimer, sea lo que sea ello. Pero en cambio me mandan a sus ángeles a hacerme cosquillas en las patas y a decirme que cómo voy a olvidar si nunca aprendí nada. De lo único de lo que estoy seguro es que nunca nada cambiará.
* Y hablando del Altísimo y de Su Voluntad, transcribo un mensaje que le envié al poeta Eduardo Escobar, quien hablaba en una columna sobre los ridículos mensajes en los autobuses de Londres y Barcelona que dicen que probablemente Dios no existe y entonces despreocúpate. Si Dios NO existe, en su negación está la afirmación, dicen los filósofos: “A las 4:30 de la mañana, después de dar vueltas toda la noche en la cama, desvelado como vampiro sin su hemoglobina, me levanté a tomarme un vasito de leche caliente como remedio, y ya a esa hora me habían tirado el diario por debajo de la puerta. Entonces, en la cocina, después de pasar por alto las delirantes noticias de USA, leí encantado su artículo sobre Dios. Una maravilla, Maestro, y una sorpresa, porque justamente en mi no-sueño me la había pasado delirando sobre la Existencia del Creador. Y entonces me había hecho “las preguntas fundamentales”, como de dónde vino todo esto, cuándo empezó y para qué, cada cuántos siglos hace Dios la siesta, si Él paga catastro, etc. Y suplicándole a la Providencia que me cerrara las pestañas. Pero Dios siempre espera a que me rinda del todo sin su ayuda, y me dejó ahí, pensándolo. Si no ha leído el Libro de Urantia, se lo recomiendo, aunque digan muchos que es una farsa gringa. Pero tiene cosas inquietantes. El Libro se considera como La Quinta Revelación a los humanos de parte de los maestros misteriosos, y dice entre otras mil cosas que nuestro Universito es apenas uno de los 700 mil (!) creados y ordenados hasta ahora, y que el Supremo ya envió a sus astrónomos a seguir expandiendo La Cosa más allá de las actuales fronteras y a marcar los senderos para los ángeles y demás encargados de obra. Los Reveladores afirman: nunca sabemos qué está pensando el Creador y sólo podemos decir y hacer lo que Él nos autorice. Cada Universo es creado por un hijo de Dios, encomendado para ello, y el nuestro empezó a formarse la bobadita de hace casi un millón de millones de años, bajo el mando de quien llamamos Don Jesucristo. Por eso me río mucho de los llamados científicos que piensan que todo empezó con el Big Bang hace apenas 14 mil millones de años, pero no pueden explicar porqué han encontrado ruinas de otros universos mucho más antiguos y gigantescos, derivando entre las galaxias. Les da susto que la gente se asuste, como hacen con las apariciones de los extraterrestres. Los “científicos” no saben nada de nada, así como los autores de los letreros en los buses. Como Usted dice, Maestro, citando a Eckhart, siempre es mejor que le pidamos a Dios que nos seque literalmente del deseo de conocerlo, para quedar desnudos del todo ante Su Presencia, como ranas sin pellejo, y Él nos pueda llenar por fin con su grandeza. Lo bueno de envejecer es que uno por fin puede decir lo que piensa y siente, sin vergüenza, amén”. Y amen poco pero muy bastante, porque el demasiado amor enloquece.

jgbaena@vivirenelpoblado.com

 
 
Publicado en la edición 383, febrero 1 de 2009