“Me interesa el pasado para poder soñar”

   
 

 
 

 
 “Hoy te tocó, querida”, le dice a veces el artista Hugo Zapata a la roca que escoge para hacer una escultura. Con paciencia de novias resignadas, muchas de ellas esperan décadas alrededor de su casa estudio en El Retiro, hasta ser tragadas incluso por la maleza, para tener el privilegio de que el escultor las elija. “Yo las traigo y les voy coqueteando hasta que les encuentro un ladito”-nos cuenta el maestro mientras nos adentramos en su espacio entrañable, rodeado de vegetación nativa, de ardillas, de pájaros de todos los colores y, por supuesto, de piedras. “Miro y miro la piedra, le doy vueltas y de pronto le voy entendiendo una cosa y entonces la trazo, llego hasta un punto y si no me convence o no me siento bien, me freno y espero. He esperado hasta dos años con un trabajo empezado”. Es parte de ese rito que le permite convertir las piedras en arte, mediante una relación de respeto mutuo, pero con un requisito ineludible: “Tiene que ser una roca que me toque el alma” y entre estas, las preferidas son las que “me dejan hablar más, como las lutitas y las pizarras, porque hay otras que no me interesan para nada, como el granito”.

Obsesión por el pasado
Aunque asegura que “uno no sabe precisar cómo le llega el arte”, no duda de que sus estudios de arquitectura han sido un pilar fundamental. “Es la profesión que más amo y más me ha servido en mi trabajo de escultor”. En cuanto a su inclinación por la naturaleza, fue notoria desde el bachillerato. “Me gustaba la botánica y con el tiempo esa afición me fue llevando a las rocas, a las que finalmente preferí porque son la memoria del hombre. La roca es el gran testigo”. Cuando las trabaja, suele descubrir dibujos y escritos que la naturaleza hizo en ellas antes que el mismo hombre y ahí, en esa memoria, en ese pasado que guardan, está la clave de su inspiración. “Me interesa el pasado para poder soñar. Viajo mucho, y cuando estoy en montañas, en ríos, en museos, en China, Perú, México, donde llegue, busco toda la información que haya del pasado”. Y en la investigación de ese pasado se apoya para trabajar. “Uno siempre tiene una obsesión, va aprendiendo, aprendiendo y soltando, soltando. De lo que aprende, uno elige las cosas que le tocan más el corazón, de las que uno se enamora, esa las elabora y sale el trabajo”.

La búsqueda

“¿Mi método? Yo siempre le decía a mi esposa: linda, me voy a buscar esculturas”. Una de sus zonas preferidas para hallar su materia prima queda en la cordillera oriental. “Busco las rocas en las montañas antes de que caigan a los ríos porque allí se van aporreando y ya no me interesan”. Antes iba mucho, ahora menos pues varios campesinos trabajan en la distancia para él. “Les enseñé a conocerlas y cada tres meses me tienen entre 50 y 60 piedras”.
El agua también juega para él un papel destacable, como se evidencia en varias de sus obras. “Trabajo mucho con agua, con reflejos, he hecho trabajos con estrellas, o sea, es una mirada al universo, a ese mundo exterior del que uno se nutre cada vez que se enamora de algo que lo atrae”. En últimas, “siempre estoy buscando cómo nutrirme de cosas para poder decir después”.
Gracias a ese búsqueda perpetua, sus esculturas -tanto pequeñas como de gran formato, de espacios públicos y privados, del país y fuera de él- le han dado reconocimiento nacional e internacional a este hombre nacido por casualidad en La Tebaida hace 65 años y habitante de Medellín desde el primer año de vida. Baste mencionar algunas tan visibles como Pórticos -al ingreso del aeropuerto José María Córdova-, o Ágora, en Eafit, y otra reciente y monumental Ágora -en Aracataca- como homenaje a Rulfo y a García Márquez”. Este 31 de diciembre deberá entregar un Espejo de agua, de 20 por 20 metros, 365 columnas de basalto y 60 toneladas de peso, al Banco de La República, entidad que se la dará de regalo a Bogotá.
Mucho es lo que hay para decir y mostrar de un artista que con una labor paciente y seria, como sus piedras, se ha ganado un espacio importante en el arte contemporáneo. Pero siempre el papel y la palabra se quedarán cortos para describir un trabajo a la vista, al tacto y al oído alucinante, como son las esculturas de Hugo Zapata.