“Es campeona olímpica, pero para mí sigue siendo mi hija”: mamá de Mariana Pajón

Las medallas, la fama y las fotos quedan en la calle. Hablamos desde adentro de la casa de Mariana Pajón, la soñadora, la niña de Claudia Londoño y de Carlos Mario Pajón. Lecciones

Por José Fernando Serna Osorio
jose.serna@vivirenelpoblado.com.co
Los ojos grandes y claros de Claudia reflejan la inmensa alegría y orgullo de los Pajón Londoño. Amor de familia, perseverancia y la tenacidad son los secretos que dejaron de ser íntimos y que forjaron a la doble campeona olímpica. Se quitó el traje de pedagoga y habló con Vivir en El Poblado como madre y amiga, reveló detalles de su familia y de “La Tata” (Mariana), de la que ha hecho vibrar y llorar de felicidad a Colombia.

¿Ya dimensionaron lo hecho por Mariana?
“Apenas estamos cayendo en cuenta. Estamos disfrutando lo que sintió todo el mundo con la consecución de ese logro. Siguen muchas responsabilidades porque Mariana continúa, no solamente con su deporte, sino con su imagen”.

¿Cómo está Mariana, la de casa?
“Mariana está feliz, pero también muy cansada. Para llegar a esto tuvo que hacer un trabajo muy fuerte. Esta es una medalla más madura, más consciente de lo que logró, la otra fue más emocional. Pero inmediatamente está pensando en cómo mejorar ese proceso para los siguientes olímpicos”.

¿Cómo han blindado la familia de toda la euforia externa?
“Nosotros no tenemos que atraer a Mariana, Mariana atrae a su familia porque le hace mucha falta, nos involucra en cada evento que tiene. La idea es que ella pueda cumplir con todos los compromisos, sin saturarse, porque si se satura, se pierde el núcleo familiar”.

¿Cómo es Mariana en el hogar?
“Gracias a Dios ella no tiene nada que esconder. Ella no tiene que hacer cambios, esa es ella, su esencia. Lo que se ve en la calle respondiéndole a todo el mundo: las entrevistas, las fotos con amabilidad, esa es Mariana, como responde en la calle nos responde a cada uno en casa”.

¿Qué tiene Mariana de usted y de Carlos Mario, su padre?
“Yo le digo que ella es como mi madrastra, porque Mariana nos echa cantaleta a todos (risas). Tiene una muy buena mezcla del papá y mía. Mi marido es muy explosivo y muy competitivo, no solo en lo deportivo, sino en todo. Él tiene el pienso pegado de la lengua y actúa. Yo soy más analítica y me preocupa más lo que pasa. Mariana razona más lo que va a decir y lo piensa, pero en la pista es explosiva y fuerte en la competencia. Fue un muy buen complemento”.

En la niñez hubo un punto de giro determinante en la educación.
“Yo siempre había querido que mi hija saliera de La Enseñanza, por la parte humana del colegio. Ella no podía hacer las dos cosas bien hechas: el colegio y el bicicrós. Tomamos la decisión que se ausentara un tiempo del país para competir, para aprender el inglés, para convivir en eso del deporte y regresó para estudiar en un colegio calendario B, porque todos esos mundiales eran en julio, pero que sí le diera buenas bases para seguir adelante y estudió en el Montemayor”.

Cómo en la cocina, ¿qué ingredientes se reúnen en Mariana?
“Perseverancia y responsabilidad. A ella le decíamos que si quería estar en el deporte, también tenía que estar bien en el estudio, así se sacrificaran sus tiempos. Un niño no tiene la madurez y la responsabilidad para manejar todo lo que implica la práctica de un deporte y para eso existen los papás. Fue valioso para ella aprender a manejar esos espacios”.

“Mariana no es soñadora con el ‘de pronto’, solo con cosas que se pueden convertir en realidad”
¿Y el aporte de ustedes como padres?
“El acompañamiento es vital porque hay momentos en los que o te vas para el cumpleaños de la amiguita o asistes al entrenamiento porque tienes una carrera mañana. O mezclar los dos, pero sabiendo manejar la vida para que no le cogiera pereza a su deporte, aprender a que ella disfrutara de lo que hacía, para nosotros eso fue sagrado, que el deporte fuera delicioso y nunca un sacrificio”.

El mayor valor que encontraron como familia.
“Sacarle a cualquier cosa todo lo bueno, ese fue el éxito de todos nosotros. Por ejemplo, para un nacional teníamos que madrugar a las 4:00 de la mañana para arrancar. Ella decía qué rico porque íbamos a conocer la ciudad, qué rico el paseo, qué rico en familia. Esto es de no asumirlo como un sacrificio, sino como un estilo de vida”.

¿En qué momento descubrió su pasión por la bicicleta?
“Cuando tenía cuatro años, acompañamos a Miguel a competir y después de eso Mariana se metía a la pista a montar. A mí se me quedaron las llaves dentro del carro y me fui por el repuesto. Un adulto se metió en la pista y en contravía, saltó y le partió la clavícula. Cuando llegué estaba tiradita en el piso y me dice Mariana: no me vas a sacar de la pista. La llevé a la clínica y teníamos un paseo y rogó que fuéramos. Se aguantó el dolor con el susto de que yo no la dejara montar en bicicleta. Ahí yo dije esta muchachita es rara, ella tiene algo distinto y con las bicicletas”.

¿Y la etapa de la adolescencia?
“Una cosa extraña. Nunca fue una adolescente difícil. Para mí como madre era impactante que ella no pudiera salir con sus amigas a sus fiestas de 15, para ella no. Yo intentaba sacarla de la casa para que fuera a cine y ella prefería irse para la pista. Los amigos la veían como un ser extraño, porque decían que cómo era posible que una muchachita viviera pegada de una bicicleta, en vez de salir a parrandear con ellos”.

¿Hay otra faceta que no conozcamos de Mariana?
“Ella siempre decía que iba a llegar a los Olímpicos, pero con la gimnasia artística. La practicaba a la par con el bicicrós y era muy buena. Con toda seguridad hubiera podido ser campeona olímpica. Sin miedos, arriesgada, chiquita, ágil, de buena contextura, era perfecta, en su momento”.

¿Qué le falta por alcanzar a Mariana o ya lo logró todo?
“Le falta todo. Ha logrado cosas que son muy importantes, pero no definitivas. Ser mamá, también es un sueño, continuar en su carrera, mejorar en la parte competitiva siempre ha sido claro para ella. Seguir dando buen ejemplo a los niños. Mariana es una niña y apenas está empezando su vida, pero ha vivido satisfactoriamente”.


¿Siente una deuda por la parte académica?
“Soy pedagoga y siempre pensé que mis hijos fueran profesionales, pero siento que Mariana ya hizo una carrera, ya ella sabe más que cualquiera de nosotros. Yo le oigo las respuestas y digo esta muchachita de dónde saca eso. Tiene más cultura general que cualquiera tiene más capacidad de aprendizaje y de enseñar que cualquier persona”.

¿Y la fama?
“Es aprender que eso no la ofusque, que no la atormente pasar por algún sitio público y tomarse 20 fotos. Sabe que se debe a eso. Aprender que es parte de su deporte. Ser respetuosa, cuando está en un restaurante y le piden una foto, decir: ¿me esperas termino? Ella no es capaz, se para y se toma la foto (risas)”.

¿Y la vida privada de la familia qué tanto se vulneró?
“Hemos aprendido que se volvió parte de la vida para no atormentarnos, porque eso no lo podemos quitar. No podemos luchar con lo imposible. Después de Londres cometimos el error de irnos a descansar a San Andrés. ¿Descansar? (risas). Mariana no podía levantar una mano porque ya tenía una foto encima, nos tocó quedarnos en la piscina del hotel. Aprendimos a escoger sitios más privados, no para escondernos, sino para tener momentos en familia”.

¿En su casa es Mariana o la medallista olímpica?
“Para mí sigue siendo mi hija. Todavía le echo cantaleta. La vida de nosotros gira en torno a Mariana, pero nos sentimos orgullosos. Tenemos que seguir acompañándola, porque ahora necesita más acompañamiento de todo el mundo por lo que se le presenta a su alrededor, pero disfrutamos mucho”.

¿La regaña todavía?
“Porque no se echa antisolar (risas). Esos son los regaños para Mariana. Le echo cantaleta para que se peine de tal forma, pero son cosas de mamá. Nunca tuve que regañarla porque hubiera llegado a las cinco de la mañana, es más me hubiera gustado que disfrutara más de los 15 de sus amigas”.

¿Cómo es la relación madre hija?
“Ella dice soy sicorrígida (risas). Ella se ríe mucho de mí y yo le digo que ella va a ser igualita a mí. Ella es sicorrígida con sus horarios. No llega un minuto tarde a entrenar, y si es un compromiso con un patrocinador llega mucho antes. Es tranquila con la alimentación. Yo todavía soy detrás de ella como una mamá con una niña chiquita. Cuando está lejos le escribo: ¿Mariana te echaste antisolar? ¿Has tomado líquido? y ella se ríe”.

¿Hubo algún tipo de reclamo porque ella se volvió el centro de la familia?
“De por sí ellos son muy unidos y nunca se dieron celos entre hermanos, supimos manejar bien la repartición de los tiempos. De pronto nos habremos equivocado, seguro que sí, y ellos podrán hacer el reclamo, pero nunca como un problema, sino como parte del aprendizaje que hicimos con ellos”.

¿Criar y formar a costa de todo?
“Yo nunca invertí en una campeona olímpica, yo lo hice en la formación de una buena persona. El deporte era netamente formativo y fuimos alcahuetas con el tiempo, la disponibilidad de los espacios. Pero todo en su medida, en mi casa se come a la hora que es, soy muy estricta…”.

Analizando su caso y lo que se vive en la actualidad, ¿qué piensa de la formación de los hijos?
“En estos momentos se está educando con mucho miedo. Con miedo por el poco tiempo que participamos con ellos, con miedo por verlos sufrir y los proveemos de todo con tal de evitarles todo tipo de frustraciones. Si yo a un niño le estoy evitando que se caiga, que se ensucie, le doy un juguete para que no llore, le doy la comida a la hora que él quiera, pienso que lo estoy haciendo sufrir más. La vida tiene cosas buenas y malas y les tenemos que enseñar a vivir los dos momentos, tenerlos en una casita de cristal no es darles todas las herramientas para sobrevivir, quien sale adelante en este mundo es quien sabe sortear todo tipo de dificultades”.