María de mis lágrimas…

¿Y entonces? ¿Por qué la leo con innegable placer? Porque María, aun con su ampulosa adjetivación decimonónica, resuena en mí con un eco potente e irremediable. A lo mejor sea “el dulce contagio sensitivo, el gran consuelo de llorar”, como dijo Alfonso Reyes

/ Esteban Carlos Mejía

“Las cosas quedan”, insinúa con resignación una olvidada jaculatoria taoísta. Así pasan los años, los lustros, las décadas, los siglos, y las novelas quedan. Fíjense, si acaso dudan, en María, de Jorge Isaacs. Publicados hace 147 años, en 1867, cuando su autor tenía treinta años de edad, los amores de Efraín y María (el idilio sin sexo más largo y lánguido y patético de la literatura colombiana) no hacen llorar a casi nadie hoy en día aunque sí se dejan leer no sin curiosidad, deseo y cierta modorra posmoderna.

Efraín ama a María, su prima segunda, desde niños, un cariño que después escapa a los riesgos de la carne, el mundo y el demonio gracias a una virtud ya infrecuente: la continencia. Efraín y María se rozan la manos, se miran a los ojos con fervor, intercambian cadejos y azucenas, se espantan con un ave negra que, ominosa, aletea sobre sus destinos, todo entre paisajes, cacerías de tigres, ordeños, esclavos y ranchos campesinos, pobres pero limpios: un inconcebible semifeudalismo pastoril, idealizado a porrillo por el romanticismo de Isaacs. Lo erótico es velado, ¡veladísimo!, casi inexistente, la verdad sea dicha: un beso entre los enamorados, que uno anhela sin pausa desde el principio de la novela, ocurre, ¡al fin!, en la página 343 en un libro de 405 páginas, según la edición de Planeta, colección Grandes Éxitos, febrero de 2013: “Sobre el altar irradiaban su resplandor amarillento dos luces: María, sentada en la alfombra, sobre la cual resaltaba el blanco de su ropaje, dio un débil grito al sentirme, volviendo a dejar caer la cabeza destrenzada sobre el asiento en que la tenía reclinada cuando entré. Ocultándome así el rostro, alzó la mano derecha para que yo la tomase: medio arrodillado, la bañé en lágrimas y la cubrí de caricias; mas al ponerme en pie, como temerosa de que me alejase ya, se levantó de súbito para asirse sollozante a mi cuello. Mi corazón había guardado para aquel momento casi todas sus lágrimas. Mis labios descansaron sobre su frente… María, sacudiéndo estremecida la cabeza, hizo ondular los bucles de su cabellera, y escondiendo en mi pecho su faz, extendió uno de los brazos para señalarme el altar”. Too much for me, adicto a los besos a lo Henry Miller o a lo Cabrera Infante, los dioses propicien mi lascivia.

¿Y entonces? ¿Por qué la leo con innegable placer? Porque María, aun con su ampulosa adjetivación decimonónica, resuena en mí con un eco potente e irremediable. A lo mejor sea “el dulce contagio sensitivo, el gran consuelo de llorar”, como dijo Alfonso Reyes, el prolífico pensador mexicano. María de mis lágrimas: ¡no nos desampares!

* Body copy: “-¿Por qué se han demorado tanto?
-Por dejar concluidos algunos negocios que no podían arreglarse desde aquí. ¿Qué has hecho en estos días?
-Desear que pasaran.
-¿Nada más?
-Coser y pensar mucho.
-¿En qué?
-En muchas cosas que se piensan y no se dicen.
-¿Ni a mí?
-A ti menos.
-Está bien.
-Porque tú las sabes”.
Jorge Isaacs, María, 1867.
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