Lujuria y castigo

Lujuria y castigo
Hablaremos de esa estructura de carácter, determinada por la pasión de la lujuria y la fijación mental del castigo
/ Sebastián Restrepo

Concluimos con esta columna la serie de artículos sobre cada una de las pasiones del eneagrama. Comparten esta pasión personajes tan disímiles como Muhammad Alí, Stalin, Johnny Cash, Fidel Castro, Pablo Escobar, Nelson Mandela, Rasputín y Diego Rivera. Todos comparten la lujuria como pasión fundamental, como el motor de sus vidas.

La lujuria en este contexto del eneagrama se entiende como una pasión por el exceso, la búsqueda compulsiva de intensidad, no solo a través del sexo, sino en todo tipo de estímulos: ansiedad, velocidad, espiritualidad, deporte, fármacos, posesiones o conocimiento, entre muchas otras. Lo característico del lujurioso es un tono de desborde, es la necesidad enfermiza de que cada contacto sea total y la incapacidad de reconocer la existencia de los matices medios en las gamas de todo lo existente.

Los lujuriosos necesitan chocarse para sentirse; se sienten muertos si no se sobreestimulan. Tienen un cayo, una armadura que se pusieron cuando aprendieron a negar cualquier sentimiento de vulnerabilidad, impotencia, dependencia, falta de control o victimización.
Lo hicieron para no volver a sentirse humillados, abusados o injustamente tratados. Prometieron, siendo niños, hacerse fuertes y tomar el control, ya que el mundo no es un lugar para los débiles. Aprendieron con esfuerzos asombrosos a remontarse por encima de los otros y triunfar como una forma de venganza sobre el mundo: se tomaron la ley por las propias manos para no ser víctimas impotentes de la misma, aprendieron a controlar para no ser controlados, se fortalecieron para no sentirse débiles y aprendieron que el que pega primero pega dos veces.

Entre los rasgos característicos de este carácter encontramos la impulsividad, la belicosidad, la rebeldía contra las normas y autoridades, la voluntad desmedida de poder, el exhibicionismo y el rechazo de cualquier forma de dependencia.

Existen tres variaciones de los caracteres lujuriosos. Los primeros no parecen gobernados por la pasión ya que la ponen en lo social, disfrazándola de amistad y complicidad. Son menos asociales y brutos que los otros dos. Defienden grandes ideales y generalmente logran un liderazgo reconocido, donde exigen una lealtad y compromiso a prueba de todo.

Los segundos ponen su lujuria en la sexualidad, la cual se manifiesta como una total posesión de la pareja y los otros a través de explosiones histriónicas de carisma, emoción y control. Son abierta y jactansiosamente antisociales. Buscan lo que quieren y, si no lo obtienen, lo rapan o lo destruyen. Son controladores y disfrutan haciendo sentir miedo a los demás.

Por último, tenemos a quienes ponen la lujuria al servicio de la conservación. Tienen un talento sin igual para sobrevivir. Son más callados y menos emocionales que los otros dos. Son lobos vestidos de oveja, se ven buenos, lindos y tiernos pero en el fondo son los más duros. Hablan poco, comunican menos y actúan con fuerza. Cultivan la reivindicación y la venganza en nombre de las necesidades y la impotencia infantil. Son los que más necesitan y buscan la intensidad y no reconocen los límites.

Pero no se dejen engañar. Detrás de la armadura de hierro del lujurioso, se encuentra un niño inocente y vulnerable que quiere libertad para ser y jugar. Mucho mejor lo escribió Bukowski: “Hay un pájaro azul en mi corazón que quiere salir pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir

a veces por la noche cuando todo el mundo duerme. Le digo ya sé que estás ahí, no te pongas triste. Luego lo vuelvo a introducir, y él canta un poquito ahí dentro, no le he dejado morir del todo y dormimos juntos así con nuestro pacto secreto y es tan tierno como para hacer llorar a un hombre, pero yo no lloro…”

El trabajo del lujurioso consiste en poner el corazón frágil delante de su armadura, aceptar la fuerza de la vulnerabilidad, soltar el control sobre los otros, recuperar la potencia de la ternura, volver a la frescura de un presente donde se bajan las armas y se recibe el profundo y desgarrador reto del amor, que invariablemente nos hiere, pero invariablemente nos redime cuando tenemos el descaro de confiar en ese algo que siempre prevalece y que nadie puede quitarnos.
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