Lucía, una vida de niños, juegos y naturaleza

Lucía Ochoa

Desde La Arboleda y El Encuentro, Lucía Ochoa vio crecer dos generaciones de niños que hoy se destacan como profesionales.

Por Juan Pablo Tettay De Fex / juan.tettay@vivirenelpoblado.com

Cuando la memoria regresa, los patos de La Arboleda aparecen. Y también los juegos, los recreos, las actividades, las profesoras y, claro, allí, fresca en la memoria de muchos está Lucía Ochoa, una mujer que les entregó su vida a los niños de El Poblado, primero en La Arboleda y, luego, en El Encuentro.

Descubrió su vocación pedagógica en su natal Santa Rosa de Osos, allí estudió en la Normal María Auxiliadora. “Desde que tengo memoria recuerdo que me gustaba enseñar. Me encantan los niños y desde muy pequeña disfrutaba dando clases a mis vecinos”.
Aún tiene vivo el recuerdo de su primera clase en una institución educativa: “fue cuando me vine para Medellín, en el Colegio María Auxiliadora, allí hice mi bachillerato y fui profesora de las niñas de quinto de primaria”. Luego, en los sesenta, abrió su primera guardería: Jack and Jill, en La Aguacatala. “En esa época íbamos con los niños a tirar piedras al río Medellín y a coger mandarinas en las mangas cercanas”. Pero Lucía quería seguir estudiando y por ello, cerró la guardería y se fue a México a hacer la carrera de fonoaudiología. A su regreso hizo parte de la Fundación Prodébiles Auditivos donde fue maestra y, luego, directora pedagógica.

Sin embargo, la idea de entregar educación no se apartaba de ella y por eso, junto a Olga de Jaramillo, creó en 1977 La Arboleda, que aún sigue vigente. “Nuestro modelo pedagógico tenía como centro el respeto por los niños y el juego como metodología”. Y esas dos premisas la acompañaron también en El Encuentro.

Hoy, dice, lo que más la llena de satisfacción son las palabras de los papás, que la recuerdan con cariño y agradecen la formación y orientación que entregó a sus hijos.
Lucía dejó la enseñanza en 2010. Para ella, el espacio en el que desarrollaba su labor era fundamental y fue viendo que, poco a poco, las casas campestres se convirtieron en edificios. “La naturaleza es fundamental en el juego, y ya no hay casas con espacios verdes”.

Estos años los ha dedicado a ella misma: viajando, estando con los amigos, asistiendo a cine, a conciertos, cosas que antes eran difíciles de hacer. Pero la nostalgia llega con frecuencia y sus ojos se iluminan cada vez que recuerda a los pequeños.