Los informantes

     
      Publicado en la edición 406, enero 31 de 2010  
         
     
    Los informantes
     
         
     
    Por la manera como ha sido presentada a la ciudadanía la argumentación del Presidente sobre la posibilidad de utilizar como informantes a jóvenes estudiantes en Medellín, ha quedado flotando en el aire la idea de que las comunidades son en cierta medida responsables de los problemas de inseguridad que viven; de ahí la exigencia para todos los ciudadanos de convertirse en informantes de las autoridades, quizás no como en un Estado policial, pero sí como en uno en que la mayoría de la población es incapaz de convivir con los delincuentes.
    Y eso nos trae a El Poblado. ¿Estamos como comunidad a la altura de las exigencias que le hacen a los habitantes de otras zonas de la ciudad? Por supuesto que sí, los golpes dados por las autoridades a los delincuentes son una prueba de ello. Sin embargo, se trata de casos excepcionales. La mayoría de las personas no está en capacidad de cumplir con lo que se les pide. Los delincuentes son muy poderosos y los ciudadanos del común no pueden ir más allá del miedo que produce la sola idea de enfrentarse a un criminal de esa calaña. Pedir otra cosa es responsabilizar a la ciudadanía de los gravísimos problemas de seguridad que vivimos. Es como decir, “su falta de valor para denunciar a los delincuentes es una causa de la inseguridad que recorre sus calles, ustedes son casi cómplices de los bandidos, por lo tanto ustedes son en parte culpables de lo que les pasa”.
    Nos parece mucho más sensata la posición del Alcalde de Medellín cuando pide una y otra vez el refuerzo de las autoridades judiciales, de las tareas de inteligencia y de las demás acciones profesionales de la lucha contra la delincuencia organizada. Solo el personal altamente capacitado que pueda ejecutar esta clase de tareas está en capacidad de enfrentar en el corto plazo la magnitud del problema que recorre las calles de la ciudad, en todas las comunas (El Poblado también es una comuna, la número 14), y no como hace suponer el debate de la última semana, que se trata solo de un problema de las comunas, entendida esta palabra como un estigma de los barrios más pobres.
    Los frutos del trabajo de largo plazo contra la violencia, el que se hace con educación, trabajo y oportunidades para todos, no puede tirarse por la borda dado el tamaño de la amenaza que vivimos. Esta lucha requiere del esfuerzo conjunto de los cuerpos de seguridad del Estado y de todas sus instituciones, de la mano de las comunidades; pero esa mano no puede significar que ciudadanos indefensos asuman tareas para los que no están entrenados ni preparados de ninguna manera, mucho menos cuando los ciudadanos de los que hablamos son los que, mal que bien, la sociedad formal ha logrado salvar de las garras de la delincuencia organizada; a esta no debemos alimentarla ahora con los muchachos que tienen una opción de futuro.