Los hombres, flores fantasmas

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Se me antojó, con tristeza, que en el vasto reloj del tiempo somos idénticos a la “Agalinis acuta”

/ José Gabriel Baena

Leo en la revista semanal The New Yorker del pasado viernes 17 (edición digital) una interesante crónica de Nicola Twilley titulada Agalinis acuta, flor fantasma. Cuenta cómo hace poco fue invitada a una pequeña galería de arte a compartir la experiencia cinestésica de oler ¡y beber! la esencia de esa flor diminuta y de un color rosa profundo que dura unas pocas horas, que crece solamente en tres o cuatro estados del noreste de EU y que ha sido declarada en peligro de extinción por el estado de Nueva York.

La florecilla brota a finales del verano y principios del otoño, al romper el alba y un día cada año. El evento era organizado por la artista Miriam Simun, quien el año pasado “capturó y compartió” las esencias del bacalao frito del frío Atlántico, de la leche achocolatada bien caliente y del sándwich de mantequilla de maní con jalea, con el fin “de simular la experiencia de consumir alimentos que están amenazados por la extinción de sus ingredientes”. Simun conoció la “Agalinis acuta” a petición de los curadores de la exposición Creadores de Nueva York, en el Museo de Artes y Diseño, que buscaban un aroma específico de la ciudad. Aunque en 2010 se descubrió que la flor también existe en Suramérica, sigue siendo especie protegida por ley federal (desde 1987), un estatus al que llegó después de costosas investigaciones, audiencias públicas y montañas de papeleo. La artista Simun considera a la “acuta” como el epítome de la florescencia o, si se puede decir, de la “floreidad”. Y sólo hay un problema con esta flor exquisita: su esencia únicamente puede olerse mediante un aparatito que ella diseñó para la muestra citada. Cuando trató de olerla en un terreno rural “los petalitos se me entraban por la nariz, dada su delicadeza”, dice. Sin embargo, había un ligero indicio de que la flor tenía una esencia que igualaría a la belleza de su apariencia, aunque los humanos no pudieran apreciar esto en estado silvestre. Y para capturarla recurrió a la tecnología de la empresa “International of Flavors & Fragrances” con cuyos perfumeros recreó el aroma: una mezcla bastante compleja y/o sofisticada de musgo y verdor con una nota dulce y casi tropical. Trabajando con un experto, la artista dividió la esencia en la fragancia propiamente dicha y en un sabor para ser consumido como cóctel. Cuenta la cronista Twilley que cuando cató la bebida mientras a la vez olía la esencia en la galería sintió durante un solo y mágico segundo un relámpago “de intensa comunión pleno de asombro, pérdida, ansiedad y anhelo”. ¡Pura mística! Y a mí la crónica me llevó inevitablemente a mi Facultad de Letras, al “Poema de Parménides” –inicio de la nefasta metafísica occidental y donde se plantea el dilema entre el ser y la apariencia– y a los implacables versos de Píndaro: “Seres de un día –efímeros–, sueños de una sombra, los hombres”.

Pues se me antojó, con tristeza, que en el vasto reloj del tiempo somos idénticos a la “Agalinis acuta”, flores fantasmas, seres de un segundo, transitorios y fluyentes como el río de Heráclito, fugaces como cometas, barbajacobinos… Y que nuestra “esencia” presuntuosa yace en las pocas obras que dejamos aquí y allá y que pronto serán ruinas. “De esta permanente oscilación entre la fugacidad de nuestras vidas y la resistencia que oponemos para perdurar que nos muestra la historia, parece que estos tiempos se inclinan más por dar constancia, como tiempos de crisis que son, de nuestra irreparable finitud”, dice una filósofa española cuyo nombre, ay, he olvidado.
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