Los encantadores desayunos de aeropuertos de provincia

 

Los encantadores desayunos
de aeropuertos de provincia

 

 
 
 
   
 

Por razones que no son del caso explicar en esta columna, al título de mi crónica anterior mis editores le quitaron el adjetivo que le otorgaba la sal para entender mis comentarios. Me explico: yo titulé “Los desabridos desayunos de aeropuerto internacional y ellos sencillamente publicaron “Los desayunos de aeropuerto internacional”. Hoy mis comentarios van dirigidos a reconocer la buena sazón y la delicia de desayunos que afortunadamente hacen presencia en la mayoría de aeropuertos que son de tercera o cuarta categoría para la Aeronáutica Civil por el deterioro de sus sedes y la precariedad de su ayudas técnicas. Paradójico: entre más recóndito y destartalado el aeropuerto… mejor y más suculento el desayuno.

Como es mi costumbre recurriré a mi memoria de infancia. Hace más de 45 años, la empresa SAM viajaba a Planeta Rica (Córdoba); por aquella época la carretera a la costa se encontraba destapada desde Los Llanos de Cuibá hasta Cartagena y si hoy abundan los derrumbes, por aquellos días el trancón podía durar semanas, razón por la cual más de una vez me vi invitada a llegar a la tierra de los jugos en 40 minutos, aterrizando en un aeropuerto que a la hora de la verdad era un potrero más de la otrora finca de la familia de Don Gonzalo Mejía (Hacienda la Abastecedora). Llegar a aquel aeropuerto era llegar al mundo de los olores y los sabores. Nunca olvidaré los patacones con suero y el queso frito que allí despachaba una señora de nombre Ramona. Pero no solo era patacón con suero, también salían tortas de pescado, quibbbes, costillas fritas y deliciosos jugos granizados de mamoncillo, mango biche o níspero, según la temporada. Lo más granado de la sociedad ganadera de aquella época viajaba por Planeta Rica y en tarimas y taburetes, aguantaban horas y horas esperando el vuelo y deleitándose hasta más no poder con las viandas servidas por Ramona.

Aeropuertos como el de Planeta Rica abundan hoy por hoy en todo el país. Y lo digo porque he tenido el privilegio y la fortuna de pasearme por este territorio de norte a sur y de oriente a occidente y cada vez refuerzo más mi idea sobre la buena comida que se ofrece en estos aeródromos de dudosa calidad aeronáutica, pero con deliciosa cocina. Se trata casi siempre de mujeres que se ganan su sustento ofreciendo el mejor café o aguapanela o la bebida típica de la región acompañada de guisos y fritos, pasteles y empanadas casi siempre hechas sobre hornillas de carbón o en pailas aledañas a la entrada del aeropuerto. Da gusto desayunar en Bahía Solano tortas de pescado o pescado frito con yuca cocinada; no menos deliciosos son los desayunos en Quibdó con longaniza ahumada de Itsmina y queso con café negro; imposible olvidar las cocadas y dulces de Tumaco o aquellos de Nuquí. Y lo mismo pasa en Capurganá, Acandí, Nuquí, Florencia, Turbo, Caucasia, Corozal y otras dos docenas de pequeñas poblaciones donde por fortuna una o dos veces a la semana llega el avión. Es un hecho: entre desayunar a las 5:30 a.m. en un aeropuerto de primera con una dona y un café en vaso plástico y diminuto sobre de coffe- mate, o tener que esperar hasta las 7:30 a.m. para desayunar con placer, obviamente prefiero aguantarme el hambre hasta la remota población de mi destino y allí satisfacer mi hambruna con fritos en hoja de plátano y café en pocillo de peltre… al fin y al cabo no me canso de repetir mi frase de combate: La mejor salsa que hay, es el hambre.