¿Lo esencial es invisible para los ojos?

Por / Jean Edouard Tromme
Por / Jean Edouard Tromme / Manchamanteles

Al momento de comprar, todo es visible para los ojos. Visitar un mercado es visitar una región, el mercado habla, cuenta historias, retrata un territorio y aquí lo volvimos mudo.

Esta es una de las frases más comúnmente extraídas de El Principito, de Saint-Exupéry, mencionada por el zorro al pequeño príncipe, agregando: “solo con el corazón se puede ver bien”. Adoro el libro, lo considero más vigente que nunca y cada vez que lo leo, subrayo algo nuevo que me nutre la vida.

Pero definitivamente, esta frase no se aplica para el mundo gastronómico. En particular porque, como sostiene el dicho popular, la comida entra por los ojos.

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Preparando esta nota inicié una inmersión por supermercados, con el objeto de analizar y comprender cómo se presentan los insumos, principalmente las frutas y las verduras, que compramos en la ciudad. Aparte de algún concepto recién inaugurado en la ciudad, todos los supermercados tienen complejo de plaza de mercado de mala calidad. Al producto lo arrinconan, lo apiñan sin criterio de frescura, textura o delicadeza. La pirámide de insumos de orígenes desconocidos, cosechas inciertas, grados de madurez diversos, que solo parece ser valorizada por el tamaño.

Sumado que la estrategia de precios es engañosa, algunos montos se fijan por 100 gramos, otros por libra, por kilo y por unidad. Casi que se exige máster en ingeniería para poder tener una aproximación realista del precio que finalmente se pagará.

Y es que, al momento de comprar, clave para cualquier comida, todo es visible para los ojos. Visitar un mercado es visitar una región, el mercado habla, cuenta historias, retrata un territorio y aquí lo volvimos mudo. Ya no sabemos lo que compramos. Los súper son tan asépticos que desconectaron los productos del terruño y se concentraron en su función más básica: vender, y de paso se olvidaron de enamorarnos.

“Sólo con el corazón se puede ver bien” concluye el Zorro en el libro. Y eso es lo que no encuentro. Que se trate al producto como un milagro de la naturaleza, un tesoro protegido por el esfuerzo de un artesano de la tierra, no como un vil insumo banalizado. Somos un país de fiestas y ritmos, hagamos lo mismo con los mercados, propiciemos que estimulen los sentidos, volvamos a oler, sentir, acariciar, desear lo que momentos después vamos a transformar y consumir. El mercado es tan antiguo como la civilización, desde el mundo antiguo es él un lugar político, religioso y económico. Pero hoy lo redujeron a su mínima expresión: la mercantil.

Señores de los supermercados, somos más que depositarios de billetes y portadores de bolsas. Regálennos el placer de volver al frescor y la sinceridad, recuerden: todo entra por los ojos.

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