Lluvia de sobres

En este país de malabarismos, alguna vez me tocó fungir de profesor de poesía. Eso sí, aclaro que no se trataba de excitar jovencitos para que llevaran sus delirios al papel y luego los presentaran en algún festival de poesía, sino de un estudio académico con lecciones de este calado: “Metáfora: f. Ret. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; v. gr.: Las perlas del rocío”. De más está decir que, sobre esta figura, los ejemplos más conmovedores no son los del diccionario, pues hasta hace poco situaba en el primer lugar una metáfora en que José Martí, en vez de decir “crepúsculo”, habla del clavel estrujado que lleva el sol en la mano. Hoy, sin embargo, he perdido el sosiego ante una metáfora desconcertante que se ha puesto muy de moda en la vida cotidiana: “lluvia de sobres.”

Es verdad que a mí nunca me invitan a fiestas de etiqueta, pero en todo caso tiene uno su madre o su vecino que dejan ver -pocas veces orgullosos, casi siempre angustiados- las flamantes invitaciones a esos convites: Fulano de tal invita a usted… La recepción tendrá lugar… Los caballeros con frac… Lluvia de sobres. Esta última expresión, singular a más no poder, está apareciendo en las tarjetas de invitación desde hace un par de años o no sé cuántos meses, y lo que se adivina es que cada vez se estampa con mayor entusiasmo por parte del anfitrión, sin que se sepa a ciencia cierta si lo que se produce en el convidado es un sentimiento de lo sublime (al fin y al cabo, esa frase de sutil hermosura debe hacerle cosquillas) o de lo siniestro, dado el sentido figurado de la metáfora, pues nuestro poeta cotidiano está diciendo, con su “lluvia de sobres”, algo como esto: ¡En esta celebración solo se puede regalar plata! ¡Guarde sus baratijas para otra ocasión!

Eso es la tal “lluvia de sobres”: que al comulgante debutante, a la quinceañera o a la feliz pareja nupcial se le regala un sobrecito relleno de billetes. Merece aplausos el esfuerzo imaginativo de quien se inventó una frase tan poética y encubridora para dar a entender una idea a todas luces mezquina. Lo de los sobres queda claro, pero ¿la lluvia? La cosquilla acústica de esa palabra produce en mi cabeza esta imagen: al final del ágape, los padres de los homenajeados toman todos los sobres y los arrojan al aire (a la jura, como decíamos de niños), y los homenajeados se revuelcan en el piso como cerdos dejando caer sobre sus cuerpos las goteantes caricias de los sobres. Después, como en las tiras cómicas, el festejado irá cosechando del suelo un sobre tras otro, echando baba por su boca y gritando de un modo entrecortado aquel conocido estribillo de “Soy rico, soy rico”.

Hasta donde yo sabía, una fiesta familiar era aquel evento en que, irremediable pero heroicamente, el jefe del hogar invertía un monto considerable de dinero para festejar a su hijo, dispuesto sin embargo a ver compensado su esfuerzo con la alegría con que su retoño recibía la efusiva felicitación de la sociedad. Pero ahora la cosa ha cambiado y, por lo que se ve, se trata sobre todo de organizar algo así como un número de café de espectáculos: usted paga la entrada para tener derecho a contemplar a Zutana, Zutano o zutanos pavonearse de mesa en mesa (y no miento: supe de una fiesta en que pidieron recibo de consignación a la entrada). Mientras tanto, a las arcas de la familia organizadora vuelve a entrar el dinero invertido, de tal forma que usted, estimado asistente, no ha sido invitado solo por el mucho aprecio que se le tiene sino para que sufrague parte de los gastos. ¿No son así los bingos? ¿No son así las fiestas y bailes que organizan las natilleras para recaudar ganancias? Ya verá usted, estimado lector, que la tal lluvia de sobres, más que ruin, es una cosa desairada y del peor gusto.

Sin embargo, es tonto sorprenderse por uno más de los gestos desfachatados de esta sociedad de niños con celular y aparatos para corregir la mordida torcida. Ahora se trata, simplemente, de que nuestros sabios de salón han decidido que lo más conveniente es tasar toda relación social en dinero y riqueza (incluso, ¿no hay por ahí un comercial en que un gordo se queda sin amigos por no tener celular?). A veces le provoca a uno vivir en Nueva Guinea entre aquellos nativos que, para evitar complicaciones, decidieron intercambiar nada más que conchas mugrosas en sus festejos más solemnes. O, para no escapar tan lejos, ir a la Biblia -aunque, dado mi paganismo, este último consejo no podría salirme más forzado- y, recordando aquella idea de la riqueza de espíritu, retocar solo en una letra la fulgurante metáfora: “lluvia de pobres”.