Todo es ficción, vida mía

Leer cuentos puede ser más entretenido que ponerse a pelear en Twitter o perder (¡matar!) el tiempo en Instagram viendo fotos de comilonas ajenas.

Quizás porque la imaginación me desborda, como a los laterales en fútbol, me demoré mucho en entender la verdad que ahora da sentido a mi vida. En este mundo, todo es ficción. Todo es invento, fábula, fingimiento, simulación. Soy nefelibata y vivo en las nubes: creo que todo es pulp fiction con minúsculas. Melania Trump, Chernóbil, la Justicia Especial de Paz, la selva amazónica, los dioses, el cariño verdadero, los demonios, la inflación, la Santísima Trinidad y el infierno. La realidad no importa. Por eso leo y leo y leo en vez de “trabajar, trabajar y trabajar”.

 

Por Esteban Carlos Mejía
Por Esteban Carlos Mejía
El espanto, el primer libro de Luciano.
El espanto, el primer libro de Luciano Peláez.

“Voy negociando el dolor”

Desde hace mucho, Luciano Peláez tiene clara la ecuación. Escribir = Talento + Oficio. El talento se acepta, se cultiva y se respeta. El oficio se ejerce con lecturas, relecturas, escrituras, reescrituras, biografías, críticas, autocríticas. Sin talento no hay oficio que valga y sin oficio el talento no alcanza. Así ha sido, así es y así será.

Frailejón Editores lanza El espanto, el primer libro de Luciano. Son poquitas páginas con exquisitas ilustraciones de Elizabeth Builes. Narra las peripecias de un muchacho de Medellín que quiere ser boxeador para salir de la pobreza o, mejor aún, para ser él mismo. Es difícil ganarse la vida a punta de golpes, la nariz como una coliflor y el cuerpo apachurrado por el destino. Guardando las proporciones, El espanto me recuerda a Jimmy García, un temazo de Bajo Tierra, la ya legendaria banda underground de Medallo, en donde un boxeador se levanta sin chistar cada vez que lo mandan a la lona. Luciano, como su nombre lo indica, se luce con su opera prima. ¡Aleluya!

 

El resto de la vida, de Carlos Agudelo Montoya
El resto de la vida, de Carlos Agudelo Montoya

¿Cuentos reales o sueños no soñados?

De un tiempo para acá siento que el cuento está reconquistando el lugar que ocupaba hace años en la industria editorial. Compilaciones de relatos latinoamericanos, recuperación de cuentos policíacos ortodoxos, experimentos narrativos de corto o largo vuelo: editores y lectores parecen haberse puesto de acuerdo en que leer cuentos puede ser más entretenido que ponerse a pelear en Twitter o perder (¡matar!) el tiempo en Instagram viendo fotos de comilonas ajenas.

El resto de la vida, de Carlos Agudelo Montoya (Hilo de plata Editores, agosto de 2017, 90 páginas), es un buen indicio de este saludable síntoma. Son nueve cuentos, de la extrema violencia a la íntima comunión, encadenados con sutileza y transparencia. La pobreza, el desamparo, el desquite y la sordidez dominan estos relatos de la vida ordinaria, no sin tintes de ilusión o gratitud. Un libro desgarrador y, a la vez, esperanzador.

 

 

Cuando escribir parece irresistible

Hay libros cuya lectura es una experiencia insólita. Por ejemplo, La cofradía de los afectos diáfanos, de Juan Guillermo Echandía Tobón y William Day, (2016, 130 páginas), es un relato onírico, de marcado carácter autobiográfico, que se puede interpretar como una charla o un contrapunteo entre las voces interiores del autor o de los autores.

Porque a mi modo de entender las cosas, William Day es un heterónimo de Juan Guillermo. Al cabo de sueños, reflexiones y elucubraciones sobre las mujeres, Echandía y/o Day logran reunirse con sus “tres aspectos síquicos más queridos, aunque no siempre comprendidos o reconocidos en su justo valor: la Madre, la Amiga y la Novia”. (¡!) Tal cual. Ya anticipé, es una lectura exótica, que me hizo añorar el buen amor de Julio Cortázar por los piantados de este planeta y de los otros.

 

Isabel Allende  - Largo pétalo de mar
Isabel Allende – Largo pétalo de mar

Cubrir con flores la sangre

Isabel Allende es chilena, pero nació en Perú, una “eterna extranjera”, errante y desarraigada. La literatura ha sido el ancla, su polo a tierra, para crear o sobrevivir. Hoy en día es la escritora más leída (o más vendida) en lengua española. Con su primera novela, La casa de los espíritus, conquistó a millones de fans que la siguen con veneración y fidelidad.

Plaza & Janés acaba de publicar en mayo pasado su más reciente trabajo. A los 77 años de edad, Isabel se embarcó con éxito en la aventura de contar la vida de una pareja de refugiados que en plena Guerra Civil española huyen hacia Chile en un buque fletado por el poeta Pablo Neruda. Largo pétalo de mar, 382 páginas, narra esa travesía marítima y también el itinerario existencial de unos personajes agobiados por el exilio, el desamparo y la incertidumbre hasta resignarse a vivir la vida, y nada más.

 

 

El asteroide B 612

Hace rato está claro que la literatura para niños no solo es para niños. Pocos adultos, aunque sean milenials, logran escapar a la virtud de un buen libro infantil. La lectura cambia con cada generación. Los chicos de hoy leen con voracidad. Engullen páginas y páginas de fantasía, terror o magia. Pero sueñan como los de antes: fantasean con dragones, quieren vencer al Innombrable, combatir en la Comunidad del Anillo o enamorarse del lánguido vampiro de Crepúsculo.

Hay obras clásicas, cuentos que jamás pierden su frescura ni su originalidad. El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry (El gato de hojalata, 2016, 98 páginas, con acuarelas originales del autor) cada vez brilla mejor. La ternura, la inteligencia y la sensibilidad de este habitante del asteroide B 612, lo vuelven entrañable. Es imposible no amarlo. Es imposible leerlo una sola vez.

 

Un bemol en la guerra, de Marcos Fabián Herrera
Un bemol en la guerra, de Marcos Fabián Herrera

Cuentos contados con música

Los siete cuentos de Un bemol en la guerra, de Marcos Fabián Herrera (Navío Libros, diciembre de 2018, 95 páginas, con ilustraciones de Juan Perdomo Farfán), fueron escritos con “la sistematicidad del arrebato y el método del antojo”. Me gusta eso del “antojo”. Escribir debe o debería ser como leer: un capricho y un frenesí. Mientras más libertaria sea la literatura, menos tedio en los lectores. Mientras menos fajas se pongan las obras literarias, más delicioso será el placer de desnudarlas, o sea, de leerlas.

Marcos Fabián dice que la música “hermana” a estos cuentos. Yo agregaría, valga la boutade, que los musicaliza. Una melodía a veces taciturna, a veces telúrica, según la necesidad de cada texto. En Minueto con Donatello o Jack medita esta musicalización va por debajo, sugerida, siempre presente. Nada de bemoles: cuentos sencillos, directos y seguros.

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