Libertad y convicción

El regalo más grande que Dios dio al ser humano fue su libertad; algunos teólogos afirman que esa es la cualidad que nos hace semejantes al creador y que nos diferencia radicalmente de los demás seres. Él nos dotó de la maravillosa capacidad de elección, de decidir entre lo bueno y lo malo, de construir nuestro propio destino, contrario al pensamiento griego que afirma que el destino del hombre está trazado por los dioses y es ineluctable; nuestra fe cristiana afirma que Dios respeta nuestra libertad, sus mandamientos entonces son propuestas para alcanzar la felicidad y la armonía. El Dios que amamos los cristianos no impone, sólo aguarda en silencio a que sus hijos desde lo más íntimo del corazón asuman sus mandatos con convicción, no por miedo, o por interés mezquino.
La fe auténtica se reconoce desde el ejercicio de la libertad y la plena conciencia; Dios no quiere autómatas insensibles que cumplan por temor o por interés, Él espera nuestro amor sincero y verdadero, Él anhela una humanidad que asuma las riendas de su existencia y con responsabilidad administre sensatamente los dones que nos legó en su infinita generosidad. Dios nos invita a hacernos cargo de nosotros mismos sin culpar a nadie ni a nada de nuestros fracasos, a asumir con altura y valentía nuestras derrotas, pero, sobre todo, a levantarnos con dignidad de nuestras caídas.
Comparto con ustedes algunos apartes de un texto inspirado en un poema de Pablo Neruda sobre la responsabilidad, que es, a fin de cuentas, lo que nos ayuda a hacernos cargo de nosotros mismos:
“Tú eres el resultado de ti mismo.
No culpes a nadie, nunca te quejes de nada ni de nadie porque fundamentalmente tú has hecho tu vida. El triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas del error. Nunca te quejes del ambiente o de los que te rodean, hay quienes en tu mismo ambiente supieron vencer; las circunstancias son buenas o malas según la voluntad o fortaleza de tu corazón.
No te quejes de tu pobreza, de tu soledad o de tu suerte, enfrenta con valor y acepta que de una u otra manera son el resultado de tus actos y la prueba que haz de ganar. No te amargues con tu propio fracaso ni se lo cargues a otro, acéptate ahora o seguirás justificándote como un niño. No olvides que la causa de tu presente es tu pasado, como la causa de tu futuro es tu presente. Piensa menos en tus problemas y más en tu trabajo, y tus problemas sin alimento morirán. Mírate en el espejo de ti mismo. Recuerda que dentro de ti hay una fuerza que todo puede hacerlo, reconociéndote a ti mismo más libre y fuerte, y dejarás de ser un títere de las circunstancias, porque tú mismo eres el destino y nadie puede sustituirte en su construcción. Levántate y mira por las montañas y respira la luz del amanecer. Nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados”.
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