Leer tus labios

La intimidad de la lectura silenciosa “estimuló el resurgimiento del antiguo género del arte erótico”

/ Esteban Carlos Mejía

¿Se han fijado en esas personas que mueven los labios mientras leen? Parecen rezando, no avemarías ni quejumbrosas letanías: imploran a símbolos menos sacros: letras, sílabas, palabras, frases. Supongo que esa manía, secuela de aprendizajes en voz alta, les costó el repelo de profesores y tutores. “¡No mueva los labios mientras lee! ¡Aprenda a leer en silencio!”

La lectura silenciosa apenas empezó a finales del siglo 14 y principios del 15. Una revolución. ¿Qué importancia tuvo? Paul Saenger, curador de libros raros y antiguos, señala con perspicacia en Historia de la lectura en el mundo occidental, 1998, que esta modalidad impregnó a la “aristocracia de un sentimiento de íntima piedad”. Se pudieron formular “juicios intelectuales individuales sobre cuestiones escolásticas, similares a los emitidos por los estudiosos universitarios.” El silencio fomentó también la ironía y el cinismo, ¡quién lo creyera! Y lo más insólito: la intimidad de la lectura silenciosa “estimuló el resurgimiento del antiguo género del arte erótico”. Cuenta Saenger que “antes del siglo 13, los adornos eróticos de los libros solían ser indirectos y sugerían el deseo reprimido del casto más que la fantasía artística destinada a excitar al lector. En la Francia del siglo 15, donde la pornografía estaba prohibida, la lectura privada fomentó la producción de escritos salaces ilustrados, dirigidos a los laicos, que eran tolerados precisamente porque podían difundirse en secreto”, con un realismo explícito y seductor.

Me pregunto hoy: ¿esos lectores moverían la boca, enardecidos por los calores de la libido? Nadie sabe lo de nadie. ¡Pero qué ganas absurdas tengo de aprender a leer los labios!

* Día tras día. ¿Cuál es la efeméride literaria de esta semana? El 5 de marzo de 1950, a los 82 años de edad, murió en Melrose Park, Pennsilvania, un abogado refunfuñetas al que sus contemporáneos veneraron como poeta original, provocador y sublime: Edgar Lee Masters. Escribió hasta la saciedad: biografías, obras de teatro, novelas. Pero la inmortalidad, quizás, se la trajo Antología de Spoon River, compendio de 250 epitafios en un cementerio imaginario en Illinois, que con lucidez, brevedad y precisión dibuja el alma secreta, oscura y acomodaticia de Estados Unidos. ¡Setenta ediciones en veinticinco años! La fama le atormentó la vida. Se casó una vez, tuvo tres hijos, se divorció, se volvió a casar y terminó recluido en un hotel en Nueva York, amargado con el país que tanto lo aplaudió. Lo que es la vida: vagabundea uno por entre las tumbas de Spoon River y nunca, jamás de los jamases, vuelve a ser el mismo.

* * Body copy. Para la muestra, el epitafio de Margaret Fuller Slack: “Podría haber sido tan grande como George Eliot pero el destino no quiso. Miren la foto que me hizo Penniwit, con el mentón apoyado en la mano y los ojos profundos, grises también y penetrantes. Pero existía el viejo, viejo problema: ¿celibato, matrimonio o libertinaje? Luego John Slack, el rico farmacista, apareció tentándome con la promesa de libertad para mi novela, y me casé, trayendo al mundo ocho hijos. Y ya no tuve tiempo de escribir. De todas maneras, para mí todo estaba acabado cuando la aguja me atravesó la mano lavando los pañales del bebé, y morí de tétano, una irónica muerte. Escuchadme, ánimas ambiciosas: ¡El sexo es la maldición de la vida!”