¿Leer ficciones nos vuelve (más) sabios?

Nos pone contentos, nos vuelve flexibles al entendimiento y a la comprensión de las ideas ajenas. Inclusive, nos hace respetuosos
/ Esteban Carlos Mejía
Me gusta charlar de lo que leo. Y de lo que leen los demás. Es una secuela del placer original de leer. Compartir sentires. Descubrir ocurrencias insólitas en textos ya leídos. Anotar o verificar recomendaciones. Hacer digresiones, incisos y paréntesis sin ton ni son. Divagar. En fin, alargar el gustico hasta donde más se pueda.

Leer libros de ficción no nos vuelve sabios, aunque seamos unos eruditos en tal o cual obra. Con los años, he descubierto que la lectura de novelerías, es decir, fábulas e invenciones, nos da algo quizás más escaso que la erudición: nos hace autónomos, volátiles ante las opiniones políticamente correctas de un mundo canibalizado por la ignorancia, la sumisión y el arribismo.

Por añadidura, leer ficciones nos pone contentos, nos llena de alegrías casi intraducibles a palabras o gestos: la alegría de la creación. Todo lector es el verdadero creador de lo que lee, más allá de quién haya sido el autor de lo leído. Es la elasticidad que nos regala la lectura. Leer ficciones nos vuelve flexibles al entendimiento y a la comprensión de las ideas ajenas. Inclusive, nos hace respetuosos. Y esa ductilidad nos extrapola de nuestra realidad, nos hace soñar, flotar entre las nubes sin necesidad de trepar al cielo con presumibles riesgos para la salud y el decoro. Olvídense de ser sabios con los libros de ficción: ¡serán felices!

* Día tras día. ¿Y la efeméride literaria de esta semana? El 6 de enero de 1985, a los 78 años de edad, moría en Suiza el novelista británico James Hadley Chase, autor de casi cien novelas de crímenes, ese subgénero literario que apasiona a idiotas y genios por igual.

Chase se llamaba, en realidad, René Babrazon Raymond, y fue un amante sutil e impagable de los seudónimos. La mayoría de sus noveletas transcurren en Estados Unidos, país en el que nunca vivió. Todo lo escribió a punta de enciclopedias, atlas, diccionarios y libros de referencia. Onetti, el inefable Juan Carlos Onetti, lo leía con avidez. ¿Sí ven?

* * Body copy. “El soldado se quitó lentamente el casco y extrajo de su interior una pequeña petaca, que me extendió: en su interior había un líquido que me abrasó la garganta pero me dio algo de calor. Desenterré mis pies del barro y noté que la tierra se quebraba y allí también, en las islas, comenzaba a brotar la mierda, pero el otro no pareció reparar en ello: se llevó la mano a uno de los bolsillos de su uniforme y sacó una fotografía que me hizo olvidarme de mi último descubrimiento. Era una fotografía pequeña en blanco y negro que cabía holgadamente en mi mano, como la foto de un pasaporte. En ella aparecía una mujer de sonrisa enigmática; el cabello le caía sobre la frente y a los costados del rostro ocultándole parcialmente las orejas. En la fotografía no podían distinguirse los colores, pero podía imaginarse que el cabello era rojo y que los ojos eran claros, quizá de un verde pálido o de un marrón desteñido”.
Patricio Pron. Nosotros caminamos en sueños. Mayo de 2014.

* * * Vademécum. ¿Digresión? “Acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir en él cosas que no tengan aparente relación directa con el asunto principal”. ¿Inciso? “Expresión dotada de autonomía gramatical, que se intercala en otra para explicar algo relacionado con esta”. ¿Quedó claro?
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