Lectores libertarios

Nadie debería imponernos un canon al leer. Ni tutores, ni amantes, ni novios, ni compañeros de trabajo. Los dioses bendigan el despelote que Gutenberg creó con su imprenta
/ Esteban Carlos Mejía
 
¿Un columnista tiene temas recurrentes? Yo sí, qué pena con ustedes. Jamás me cansaré de repetir que leer es un placer, no una obligación. Leer ficciones, obvio. Las instrucciones de operación de un teléfono inalámbrico o la letra menuda de un contrato de leasing no parecen un deleite, que digamos: son un suplicio, aunque algunos, encogiéndose de hombros y frunciendo los labios, crean que se las saben todas. La lectura es un relajo cuando no hay de por medio ninguna exigencia, ninguna condición, ningún patrón.

Y para ser sublime ese gusto ha de ser libre, sin cortapisas ni compromisos. Leer de todo, lo que a uno le dé la p… y reverenda gana, haciendo caso omiso a la voz de la conciencia, ese temible y apabullante superyó de los psicoanalistas freudianos. Leer por goce pagano, por puro hedonismo. Leer un día Matar un ruiseñor, de Harper Lee, y a la semana siguiente hundirse en Cinco esquinas, de Mario Vargas Llosa, y así, sin importarnos que nos miren feo, nos excluyan o nos taconeen. ¡Leer en libertad!

Parece un consejo desaconsejable, una recomendación casi fatal. La libertad oprime tanto como la sumisión. Pero este planeta, sodomizado por el oscurantismo mercantil y brutalizado por la ignorancia confesional, necesita lectores libertarios. Mientras más libertarios, ¡mejor!

* Día tras día. ¿Y la efeméride literaria de esta semana? En la madrugada del 19 de marzo de 2008 se apagaba en Colombo, Sri Lanka (antigua Ceilán) uno de los pensadores más lúcidos de todos los tiempos, Arthur Charles Clarke, conocido en la literatura como Arthur C. Clarke, creador de 2001: Odisea del espacio, novelización de la película de Stanley Kubrick, obra épica, vigorosa, fascinante, que desde 1968 cambió la concepción y realización del cine de ciencia ficción.

En los siguientes treinta años, Clarke concluyó tres secuelas de su majestuosa epopeya: 2010: Odisea dos; 2061: Odisea tres, y 3001: Odisea final. Además de escribir, Clarke dedicó su vida a la investigación científica (fue precursor de las órbitas geoestacionarias) y a la divulgación de los misterios del universo, entre ellos la eventual existencia de “impenetrables y enigmáticas” civilizaciones extraterrestres, más poderosas, más inteligentes y más compasivas que las terrícolas. Clarke: Ulises del éter.

* * Body copy. “Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera.

Reinaba la confusión en casa de los Oblonsky. La esposa se había enterado de las relaciones de su marido con la institutriz francesa que había tenido, y le comunicó a aquel que no podían seguir viviendo juntos. Esta situación duraba ya tres días, atormentando tanto a los esposos como a los demás miembros de la familia y a la servidumbre. Todos los de la casa se daban cuenta de que no había razón para convivir. La esposa no salía de sus habitaciones; hacía tres días que el marido no paraba en casa; los niños corrían de un lado para otro, como extraviados; el ama de gobierno inglesa había reñido con el ama de llaves; el cocinero había abandonado la casa a la hora de comer; la pincha y el cocinero habían pedido la cuenta”.

Leon Nikolaievich Tolstoi. Ana Karenina, 1873 – 1876.

* * * Vademécum. ¿Recurrente? “Que vuelve a ocurrir o a aparecer”. ¿Cortapisas? “Obstáculo, dificultad”. ¿Hedonismo? “Actitud vital basada en la búsqueda de placer”. ¿Pincha? “Persona que presta servicios auxiliares en la cocina”.