Lectores en fiesta

En una provincia que ama al lucro por encima de todas las cosas, la 8a Fiesta del Libro y la Cultura es, en verdad, una isla

/ Esteban Carlos Mejía

Los libros están de fiesta. Mejor dicho, los lectores están (¡estamos!) de fiesta. Una fiesta inclasificable. Insular, digamos. En una provincia que ama al lucro por encima de todas las cosas, la 8a Fiesta del Libro y la Cultura es, en verdad, una isla. Editoriales de toda estirpe, desde grandes transnacionales hasta emprendimientos casi artesanales pasando por editores independientes. Libreros que actúan como jíbaros, traficantes del más alucinógeno de los alucinógenos. Carpas y carpas y más carpas con improvisaciones y talleres y juegos para niños y no tan niños. Charlas con escritores de no sé cuántos países y no sé cuántas fábulas. Presentaciones de obras por montones, sonoro mentís a quienes, por desdén o por envidia, vienen vaticinando la muerte del libro desde hace décadas. Miles de lectores, felices, dispersos, inquietos, obstinados. Etcétera. Un largo etcétera, culminación de un esfuerzo monumental y colectivo, dirigido por un escritor, Juan Diego Mejía, al que le sobran talento y oficio para lograr que los lectores vivamos esta semana como un jolgorio, la parranda de la palabra escrita.

* Día tras día: Y esta semana, ¿cuál es la efeméride literaria? En la noche del 19 de septiembre de 1985, en el hospital Santa María della Scala, en Siena, Italia, moría por culpa de una hemorragia cerebral uno de los más cerebrales, intuitivos y traviesos escritores del siglo 20, el italianísimo Italo Calvino. Durante años he sido un lector pertinaz, a lo lluvia pertinaz, de Calvino: hasta le hice un pequeño altar en mi biblioteca a El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente. Cuando publicó su ensayo Seis propuestas para un nuevo milenio (1985) y el mundo entero se inclinó reverente ante su capacidad de anticipación, pensé que me iba a dar un soponcio: en vez de altar tendría que levantarle una catedral. Aunque, debo decir, ya se la había levantado a Si una noche de invierno un viajero (1979), la saga del pávido Lector y la hermosísima Ludmilla: novela ejemplar, digna de imitación, pero inimitable. Italo Calvino, orfebre de orfebres.

** Body copy: “Si me hubieran llamado a declarar, pienso. Pero eso es imposible. Quizá, por eso, escribo.

Declararía, por ejemplo, que en la noche del sábado al domingo 30 de marzo de 2010 llegué a casa entre las tres y tres y media de la madrugada: el último ómnibus de Retiro a La Plata sale a la una, pero una muchedumbre volvía de no sé qué recital, y viajamos apretados, de pie la mayoría, avanzando a paso de hombre por la autopista y el campo.

Urgida por mi tardanza, la perra se me echó encima tan pronto abrí la puerta. Pero yo aún me demoré en comprobar que en mi ausencia no había pasado nada —mi madre dormía bien, a sus ochenta y nueve años, en su casa de la planta baja, con una respiración regular—, y solo entonces volví a buscar la perra, le puse la cadena y la saqué a la vereda.

Como siempre que voy cerca, eché llave a una sola de las tres cerraduras que mi padre, poco antes de morir, instaló en la puerta del garaje: el miedo a ser robados, secuestrados, muertos, esa seguridad que llaman, curiosamente, inseguridad, ya empezaba a cernirse, como una noche detrás de la noche”.

Leopoldo Brizuela. Una misma noche, 2012.
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