“Las mujeres de Moravia no nos arrugamos para nada, somos de todito”

Moravia florece para la vida
Moravia florece para la vida

Con el proyecto “Moravia florece para la vida”, de la Alcaldía, Medellín aspira a saldar parte de la deuda que tiene con este sector

Reminiscencia. Pisar el “morro” de Moravia era enfrentarse a la miseria humana en su máxima expresión y, peor aún, a la pasmosa indolencia de Medellín que veía aquel lugar como su caneca. Es decir, un basurero donde en la cara de otros seres humanos tirábamos todos los desechos de la ciudad.

La violencia de los años 50 hizo que muchos campesinos salieran de sus tierras y tuvieran que desplazarse hacia Medellín en busca de futuro. Pero este “remanso de paz”, poco más tarde se convertiría en su tormento. Año tras año, fueron llegando grupos familiares que hicieron de Moravia su lugar en el mundo, así fuera sumergidos en la basura. A mediados de los 60 este sector de Medellín ya florecía pero en casuchas de lata y madera. El morro de Moravia fue creciendo en basura y a la par en asentamientos humanos y ratas; se llegó a afirmar incluso que la cantidad de roedores superaba el número de personas; ratas y ratones hacían de las suyas mordiendo y lastimando las boquitas u orejas de los bebés que habiendo acabado de mamar de sus madres, quedaban untados de leche materna.

Antiguo Moravia, cortesía Centro de Desarrollo Cultural
Antiguo Moravia, cortesía Centro de Desarrollo Cultural


Entre los años 50 y 70, Moravia, que en sus inicios era un terreno plano y cenagoso, recibió basuras y escombros hasta convertirse en morro, sin que el Municipio ejerciera control alguno; luego, mediante lo que hoy se analiza como un desatinado decreto –el acuerdo 3 de 1977–, la administración municipal oficializó el “morro” como el basurero municipal: “No obstante el uso recreativo que tiene como finalidad el lote en mención, una vez que el Municipio lo adquiera lo entregará a las Empresas Varias de Medellín, para que estas, durante cinco años, lo destinen para botadero de basuras de la ciudad…”, decía el acuerdo. En sus inicios, el basurero recibía cien toneladas diarias de residuos; con el tiempo esta cantidad fue aumentando, lo que motivó a que algunas personas que se dedicaban al reciclaje, decidieran también asentarse en el morro y llevar al terreno, ya saturado de basuras, todo el material de reciclaje producto de sus jornadas laborales.

Pese a que el decreto limitaba la disposición del morro como basurero a cinco años, solo el 15 de marzo de 1984 se cerró definitivamente. A partir de entonces sería la Curva de Rodas el nuevo “relleno sanitario” de Medellín y de tres municipios más del Valle de Aburrá (hasta el año 2003, cuando entró en operación el aún vigente “Parque ambiental La Pradera”).

No obstante existiera pues un nuevo basurero, la costumbre de tirar desechos al morro quedó entre los habitantes de Moravia, quienes comenzaron también a depositar escombros y el material que reciclaban.

Luisa Fernanda Henao, Marta Inés Orozco y María del Carmen Ramírez
Luisa Fernanda Henao, Marta Inés Orozco y María del Carmen Ramírez

El problema empeoró alrededor de los años 90, cuando personas desplazadas por la violencia que se vivía en aquella época tuvieron que abandonar sus tierras y huir hacia las ciudades. Medellín no fue ajena al fenómeno y durante este tiempo la Terminal de Transportes del Norte fue receptora de cientos de familias que llegaban desorientadas a la ciudad buscando un lugar para vivir, un lugar que por la cercanía a la terminal de buses no podía ser otro sino Moravia.

Un documento denominado Moravia una Historia de Resistencia, elaborado por la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín en el año 2006, dice: “Moravia da cuenta de una historia de ciudad pues parece convertirse en un arquetipo de la historia de muchos barrios populares de Medellín; el poblamiento a través de procesos informales de invasión, la configuración de fuertes lazos de solidaridad y formas de organización social, la presencia y transformación del conflicto armado desde bandas, milicianos y paramilitares, la presencia de procesos de reconciliación y reinserción, la expulsión y recepción de población desplazada y una histórica ausencia del Estado que hoy trata de saldar la deuda con estas comunidades”.

Como a la par con la montaña de basuras, que llegó a los 35 metros de altura, creció el problema social que envolvía la zona, el Ministerio del Interior y de Justicia, mediante la resolución 31 del 28 de julio de 2006, declaró el morro de Moravia como zona de calamidad pública, por lo que el Municipio debía reubicar o trasladar a sus habitantes y formular planes a corto y a mediano plazo para el manejo ambiental y sanitario de la zona.

De basurero a jardín

Moravia no quedó en el olvido y años más tarde floreció. Hoy es otra la sensación al caminar por el antiguo morro. Al llegar y dar los primeros pasos por las losas que fueron dispuestas para subir a la cima, la historia de este no queda sepultada: cada losa plasma el pasado de sus habitantes, palabras como “perdón” y “fortaleza”, entre otras, recuerdan que lo que se está pisando es más que un morro, es la historia de más de 2000 familias. ¿A quién le cabe en la cabeza que en vez de basura, hoy en este sitio haya flores de un intenso color rojo –como los novios–, girasoles, lirios y, en fin? Definitivamente hay que estar en el sitio para dimensionarlo.

Pero si las losas marcadas con mensajes nos recuerdan su historia y la de sus habitantes, también lo hacen las 40 personas (16 hombres y 24 mujeres) contratadas por la Alcaldía de Medellín para labores de jardinería. Impacta la fuerza con la que trabajan, sobre todo el grupo de mujeres que conforma este equipo. Muchas de ellas pasan de los 45 años, pero frescas, como las flores que cuidan, a pleno sol del mediodía suben y bajan el morro, riegan las plantas y recogen la maleza.

 
Yudy Elena Echavarría
Yudy Elena Echavarría

Yudy Helena Echavarría es una de ellas. Tiene 47 años y llegó de un año a Moravia. Aunque hoy vive en El Oasis, un barrio cercano al morro, recuerda con nostalgia los cinco años que junto a su compañero de vida vivió allí. Ella recorre diariamente el lugar, en jornadas de trabajo que comienzan a las 7 de la mañana y finalizan a las 5 de la tarde, obviamente con un espacio para el almuerzo que, al igual que sus compañeras, se toma muy en serio: un buen plato de sopa, acompañado con arroz. Con orgullo y algo de melancolía llega hasta donde quedaba su casa en plena montaña de basura, aquella en la que vivió entre 1986 y 1990 y donde hoy hay una jardinera sembrada con cintillas y toscanas: “Me matan los girasoles pero estas también están muy bonitas”, dice.

Fueron solo cinco los años que Yudy vivió en el morro, pero los suficientes para marcar el resto de su vida: “En este pedacito viví los años más felices de mi vida porque tenía una persona que me valoraba, me apreciaba, me respetaba y siempre estaba pendiente de mis cosas, pero desgraciadamente la violencia lo hizo salir, y me tuve que ir; en un principio me fui muy resentida, muy dolida, y no quería volver”. Hace un largo silencio y continúa: “Mire, hoy vuelvo acá, a este pedacito, a hacer parte de este proyecto; estar acá es como hacer el duelo que nunca hice por haber perdido a una persona tan importante para mí, ella fue asesinada en Cocorná”. Al oír la historia de Judy y recordar la del morro de Moravia y verlo hoy convertido en un jardín, es inevitable evocar una frase de El Principito, de Antoine de Saint Exupéry: “Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante.”