La vocación del hombre (2)

 

Se transforma en el momento en que se comprende que el otro es una parte importante de uno mismo y que la actitud frente al otro es la actitud frente a sí mismo

/ Elena María Molina

Pasamos con facilidad de ser esclavos en Egipto a ser constructores de becerros de oro; esa necesidad de adorar, de deificar. ¡Tan difícil ser libres! Ese fue el primer tema de esta serie, hacer presente que vivimos cosificando las situaciones y las personas, instrumentalizamos lo que nos conviene de lo sagrado y de la información del mito – misterio. Hacemos de ellos un pasado simpático, sin sentido, una historia que habla tal vez de la organización de una sociedad y un código para regular la vida.

El mito va mas allá de lo histórico. Es un presente que ilumina y frente al cual muchas veces no encontramos las palabras para descubrir ni expresar tantos tesoros. Los mitos se revelan cuando uno se interroga y van acelerando y entregando información, en la medida en que al acercarse hay amor y la posibilidad de asumir (encarnar) el mensaje que él entrega y que se recibe. En el mito judío cristiano, los ángeles son los encargados de guardarlo, de contribuir a su revelación y estructurar los niveles de comprensión, más allá aun de los niveles de lo creado.

Si el mito empieza por decirnos que fuimos creados a imagen de Dios (que es innombrable, incognoscible), principio uno creador, para hacer semejanza, el destino del hombre es devenir Dios.

Nosotros, como toda la creación, somos polaridad: tenemos dos caras, dos polos: positivo y negativo, claro y oscuro, masculino y femenino. La vocación del hombre es devenir uno, trascender la polaridad. Es decir, salir de la confusión para ir hacia la claridad, hacia la unidad.

Y si la vocación del hombre es ir hacia la unidad, ¿cómo lograrlo? El camino es evidente y difícil, es ir al encuentro del otro, de los demás, que en realidad no son otros sino espejos, son aspectos de nuestro ser interior. ¡Qué locura la que nos habita!
Importante recordar que la palabra Adam quiere decir hombre, como la palabra Dios quiere decir nombre. Y el hombre – Adam, es imagen del Dios – nombre uno. Y para integrarlo totalmente hay que nombrar todo lo que nos puebla a través de todo lo que nos rodea. Todos somos Adam, todos somos uno en devenir. Y para ir un poco más allá en el mito, si todo lo que me rodea es parte de mí, todo lo que hacemos por los demás y a los demás, nos lo hacemos a nosotros mismos.

De ahí que las leyes en un inicio se basaran en la ley del Talión. Cuando el hombre vive por fuera de él mismo, solo para el mundo exterior, vive en el exilio, está por fuera de su ser y por eso su hacer tiene las consecuencias que rayan con el mundo de la venganza. Y eso se transforma en el momento en que se comprende que el otro es una parte importante de uno mismo y que la actitud frente al otro es la actitud frente a sí mismo.

Ir hacia sí mismo, hacia el mundo interior, amarlo, es esa la vocación para sentirse uno en esencia, y múltiple -¡locura que nos habita!- en las personas que también son únicas, “distinguidas” las unas de otras pero no separadas de ellas.
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