“La vida es una delicia”

 
 
   
 
“El mejor premio es ver en la calle a alguien con un diseño mío”, dice con expresión alegre este diseñador capricorniano y trigueño, con cara, cuerpo y pinta casi adolescente, próximo a cumplir 38 años: Argemiro Sierra.
¿De dónde nació su talento para diseñar? Difícil entenderlo porque nada en su entorno infantil auguraba que seguiría ese camino. Y es que Argemiro Sierra saltó literalmente de un pueblo caliente (en el buen sentido de la palabra) sin ninguna relación especial con la moda, como no fueran las chancletas y las bermudas, a escenarios como París y Nueva York y a destacarse como uno de los diseñadores colombianos más reconocidos.
Hasta los siete años vivió en San Jerónimo, en una familia de cinco hermanos, con papá ganadero y mamá ama de casa. “Yo no tengo la historia de ese diseñador que su mamá era costurera y se pasaba ayudándola día y noche”, aclara como si le estuviéramos pidiendo pistas para un guión de telenovela mexicana tres décadas atrás.
Lo que sí lo identificó desde pequeño fue ese gusto por ponerse la ropa que a él le gustara y no la que la mamá dijera. Es decir, voluntarioso, para hablar en jerga materna. “Eso a veces se volvía un lío”, obvio, si era de los de la pataleta de “yo lo quiero, yo lo quiero y yo lo quiero”, refiriéndose “al último zapato que salía al mercado”.
El interés por la moda estaba, pues, latente, y muy pronto empezó a destacarse en el colegio en dibujo y estética y a ser consciente de sus habilidades. “Me iba súper”, recuerda. A propósito, es una de sus palabras preferidas: súper, y también bacano, y por minuto las repite tanto o más de lo que Juanes pronuncia en el mismo lapso su expresión preferida.
Haciendo acopio de su versatilidad juvenil, cuando ya vivía en Medellín alternó el bachillerato con la actuación, pero terminó desfilando en pasarelas “y me acerque más al cuento de la moda”. ¿Y la actuación? “Todavía cuando me toca soy un buen actor”, confiesa sin rubor y a carcajadas. En cuanto al modelaje, lo dejó al terminar diseño de modas en la Colegiatura.

De San Jerónimo a París
La decisión fue coherente: su trabajo de grado fue seleccionado para participar en la final del Concurso Internacional Jóvenes Diseñadores de Moda, en París, capital mundial de la moda. “Vos de 22 años, coger tu vestidito, saliendo de Medellín y viniendo de San Jerónimo”, dice todavía con asombro y en medio de un ataque, en el sentido estricto de la palabra, de risa, porque es uno de sus sellos: el humor (el relacionado con la risa) y la carcajada dispuesta a despacharse en cualquier momento. Al regresar trabajó en Adrissa; tres años después fundó con una amiga la exitosa marca Estudio Básico, y posteriormente “tuve la oportunidad de arrancar con Argemiro Sierra, mi propia línea que era lo que siempre había querido”, experiencia que a la final resultó amarga.

Cuando Argemiro no era Argemiro
Independiente y familiar al mismo tiempo, de gimnasio y piscina diaria, cine frecuente y amante de las rumbas no planeadas, para Argemiro, un simple pico y placa es un pretexto para “tardear” con sus amigos, sentarse sin afanes en una mesa cerca al parque de El Poblado a hablar de la vida, de sus vidas, reírse, tomar un algo rico y bien servido y disfrutar de una botella de vino frío como si fuera la última: “Es que la vida es una delicia”. Según una de sus buenas amigas, “Argemiro tiene la capacidad de convertir hasta la sentada en un hormiguero en una velada inolvidable; hace un rito de la servida de un vaso de agua y le saca jugo hasta a la más aburridora de las procesiones de Semana Santa en una vereda de pueblo”. Lo dice con conocimiento de causa.
Un disfrute que le quedó a Argemiro después de superar una prueba que por lo dura fortaleció su espíritu, el fin de una sociedad empresarial que significó volver a arrancar de cero cuando había logrado llegar arriba y, lo peor, renunciar a lo único que le quedaba: Su nombre “Argemiro Sierra”, pues sus viejos socios se negaron a devolvérselo. Finalmente los tribunales fallaron a su favor y desde hace dos años sus diseños pueden llamarse como el que los hace.
Desde eso aprendió a tomarse la moda menos en serio, “a disfrutarla porque es parte de la vida, pero no es la vida”. Asegura, incluso, que “ahora me estreso menos antes de los desfiles”, aunque otra conocida confiesa que prefiere no hablarle minutos antes ni después de la presentación de sus colecciones. Y si se estresa tiene derecho, al fin y al cabo “cada colección es un parto.”