La vida en medio y en bajo

 
Por: Jose Gabriel Baena
Ya sea vivir la vida en ralentí, esto es, en “cámara lenta”, ya en velocidad de términos medios o por el Justo Sendero del cual sabían ya los chinos mil años antes que Aristóteles, o por los actuales y futurísticos y meteóricos métodos juveniles de “metérsela toda” a la carrera -ahí tenemos otra película jarta de los Hermanos Wachowski- los que hemos estado al borde del famoso túnel luminoso y no una sino varias veces tenemos la obligación de informar al respetable que sea el que sea el camino que se escoja todo termina por conducir a la misma abominable e idiota NADA.
Y tal vez una de las cosas más tristes de semejante conclusión radica justamente en que mientras más Tratados o mamotretos de filosofía lea el sujeto, esto es, mientras más sabio o considerado sabio sea, mucha más es la Gran Burla de la Existencia cuando el sujeto, boqueando en su último lecho, no solo percibe en un instante que perdió literalmente la vida buscando la iluminación, la Verdad, el Espíritu o lo que sea, sino que en esa búsqueda vana desaprovechó todas la oportunidades para “beber de todos los cálices posibles” del placer, la filosa filosofía de Omar Khayam que nos invita a que día a día y momento tras momento flotemos en el Nirvana corporal, ya sea entre sacudimientos animales, vómitos e idas al baño.
Esta clase de idea de que por mucho que nos devanemos los sesos (y los sexos) en busca del Alma jamás hallaremos la prueba de que Algo existe más allá del cuerpo y de este mundo imaginario, se encuentra por miles y miles de ejemplos a cada segundo de los días de nuestra vida, no solo en las vidas normales de los ciudadanos del común a quienes tanto envidio y que van a sus trabajos todos los días con sus maletincitos, sus carteritas, sus loncheritas y, quién lo creyera en mí, hasta con sus celulares: acotemos aquí que según los tecnócratas el 31 de diciembre de este año TODOS los colombianos tendrán un “móvil”, un panorama digno de Orwell, y entonces, ¿con quién van a conversar a cada instante esos 42 millones de somnámbulos? Pregunta que dejaremos abierta por ahora.
Decía que los ejemplos de que al fin de cuentas NADA existe sino el polvo y la ceniza se encuentran a diario por millones, pero no solo en lo cotidiano sino en algo peor: en el arte, en el cine, en la literatura: en mi última sesión de terapia onírica en el Bethesda Rehab Center junto con Elizabeth Taylor, Peter Doherty, Paris Hilton y Amy Winhouse, justamente parloteábamos en el sauna sobre toda la Gran Patraña o la Gran Mentira –como la denominaba el argentino Cortázar, mientras el edificio se estremecía con nuestras carcajadas. Justamente estábamos rajando de la famosa vida “en ralentí”, de la cual son ejemplos supremos esas películas donde uno, o, peor, los dos hermosos protagonistas son víctimas de alguna enfermedad terminal, cuyos últimos meses son “registrados” lacrimosamente por el director y sus guionistas y cuyo último ejemplo en nuestras salas, un fracaso, fue “Griffin and Phoenix” (solo se consigue en DVD). No sé si algún octogenario se acordará de “Love story”. El otro ejemplo de una vida “en el medio” –que tampoco llegó a los teatros fue “The Painted Veil”, sobre la novela de Somerset Maugham de esa triste pareja inglesa desamorada que se va a la China para caer –ella, aburrida- en el adulterio y el sujeto perecer en la epidemia de cólera del 25. La escena de sus piernas siendo tapadas por la última paletada de tierra bien merece una caja de Kleenex. Naturalmente ella sobrevive –todas nos sobreviven- y se va a vivir feliz a Londres con “el hijo de su pecado”. Y no hablemos innecesariamente de la cinta de los Wachowski.
Las más felices comprobaciones de que al final de esta comedia hasta los grandes genios se dan cuenta del gran vacío que existe en los espacios infinitos de Pascal, se encuentran en esos deliciosos diccionarios de “Últimas palabras famosas” que ya casi no se consiguen sino en las anticuarias, yo tengo una edición que era de mi papá (aproximadamente 1940), y en la cual al azar pueden encontrarse perlas como estas, perdidas eso sí entre las dudosas palabras finales de los Grandes Hombres –casi todos militares asesinos:
Gassendi: “Nací sin saber por qué, he vivido sin saber cómo y muero sin saber cómo ni por qué”. Hunter: “Si tuviese fuerza bastante para sostener la pluma, escribiría lo fácil y delicioso que es morir”. Menéndez Pelayo: “¡Qué lástima morirse cuando queda tanto por leer!” Talleyrand, muy serio y profundo: “¡Contemplad lo que es el mundo! ¡Allí el principio, aquí el fin!”. Entre mis preferidas se encuentran las de los españoles Fernando VII: “Tengo sueño”, junto con la de la cortesana Lola Montes: “Estoy muy cansada”, al lado de la de Washington: “Me voy contento”. Pero mi campeona es la de Wagner: “¡Mi reloj!”

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