La tía Margarita y sus tinticos

Hace varios años vinieron de visita a Buenos Aires mis tíos Alfonso y Margarita. Pareciéndonos apropiado y simpático que tuvieran la oportunidad de conocer a algunos porteños para que pudieran formarse una idea de cómo era la gente de este país, hicimos una cena en casa e invitamos a varios coetáneos de mis tíos, entre ellos a mis suegros.

Mi tía, que era una muy buena conversadora, rápidamente entró en una amena conversación con mi suegra; a la hora de servir la comida, esta se acerca discretamente donde mi esposa y le dice “Mati, no pongas mucho vino porque me da la impresión de que la tía de tu marido es alcohólica”.

De una conversación de este tono había sacado su conclusión: “Y dígame señora ¿como es su vida en Medellín?” Mi tía le contestó: “Mire, doña Chola, yo tengo una vida muy tranquila: todos los días me despierto temprano y antes de prepararle a Alfonso su desayuno me tomo un tintico, después desayuno con él y me tomo el segundo tintico, después de que el sale para la oficina me tomo otro más que acompaño con un cigarrillito, y así continúo toda la mañana haciendo oficio y tomándome mis tinticos, de tal forma que cuando Alfonso llega para almorzar, a eso de la una de la tarde, ya me he tomado seis o siete”. A mi suegra se le blanquearon los ojos. Pensó “pobre señor casado con esta alcohólica” y se paró a prevenir a mi esposa para que no pusiera mucho vino.

Hubo que explicarle que para nosotros el tintico es una taza de café y que por ser Colombia un país cafetero el tinto es el compañero para todo el día y ocasión, al igual que lo es el mate para argentinos, uruguayos, paraguayos y los denominados gauchos que habitan el sur de Brasil.

Esta bien, el tinto es la compañía diaria de los colombianos, algo que debe provenir de ser el productor del café más suave del mundo –paradigma que nos inculcaron desde pequeños–, pero ¿y se toma buen café en Colombia? Lamentablemente tengo que contestar que, en mi opinión, esto no es así.

Hubo épocas en que el café de mejor calidad se exportaba y para el consumo interno se dejaba la denominada pasilla. Ahora esto puede ser peor porque, según tengo entendido, esta se está mezclando con cafés de calidad muy inferior, provenientes de Vietnam u otros países.

Pero no todo son malas noticias si uno busca y está dispuesto a gastar unos buenos pesos. En el mercado encontrará cafés selectos con denominación de origen certificada, como los de Nariño, Huila, Cauca, y Mesa de los Santos (en Santander), además de cafés provenientes de algunos microclimas de las zonas cafeteras del suroeste de Antioquia.

Algún pecado local tradicional en la confección del café podría ser el denominado café americano, que es aquel que se hace al pasar agua casi hirviendo por un filtro de papel o de tela donde se ha depositado café molido; el café que resulta se deja calentando por horas y horas en una greca o en un recipiente de vidrio resistente al calor o, peor aún, se pone en un termo generalmente mal lavado. El brebaje resultante, nuestro café, será casi intomable después de unas pocas horas. En algunos restaurantes este es el café que se ofrece, en otros ofrecen un café soluble mal preparado y en otros ni café hay.

Afortunadamente las cosas están cambiando. Me cuentan que ahora en nuestra ciudad se encuentran sitios donde preparan y venden un buen café expreso hecho con cafés con certificado de origen y recién molidos, o con las nuevas máquinas que procesan granos seleccionados envasados en la cantidad justa para que cada “tinto” resultante sea ideal en cuanto a temperatura, concentración y sabor.

Si aún no lo ha hecho, le sugiero que los pruebe, a lo mejor le sucederá lo que me pasó la primera vez que probé un tinto hecho con todos los cánones cuando me pregunté ¿y que sería eso que yo tomaba con el nombre de tinto?
Comentarios y sugerencias serán bien recibidos en alvaronenator@gmail.com
Buenos Aires, marzo de 2013
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