La revolución radical: cien años del Dadaísmo

En medio de una reunión de amigos se introdujo un señalador de libros entre las páginas de un diccionario francés alemán; la palabra señalada fue, justamente, “dada”
/ Carlos Arturo Fernández U.

Hace exactamente cien años, el 5 de febrero de 1916, en el Café Voltaire de la ciudad de Zurich, nació Dadá, el movimiento artístico más revolucionario de la historia. Nunca antes el arte y la cultura se vieron sometidos a un ataque tan radical que buscaba demolerlos desde sus bases más profundas. En medio de la Primera Guerra Mundial, un conflicto absurdo que parecía no acabar jamás y más brutal que todo lo conocido hasta entonces, la Suiza neutral se convirtió en refugio de muchos de los espíritus que sentían la necesidad de rechazar el sistema político, social y cultural que, por su propia lógica interna, había llevado a la destrucción y a la muerte masivas.


Marcel Duchamp – Fontana (u Orinal)
Si a lo largo de los siglos habíamos entendido que el arte era una de las altas manifestaciones del espíritu, demostración de la grandeza del ser humano y de la trascendencia de sus valores y de sus creaciones, ahora nos veíamos lanzados en el más profundo azar, en un proceso que pretendía no tener sentido, ni dirección, ni posibilidad de ser entendido. Porque tampoco lo que estaba pasando era comprensible y mucho menos aceptable.

El nombre mismo del movimiento, Dadá, es producto del azar y del sinsentido. Hace un siglo, en medio de una reunión de amigos se introdujo un señalador de libros entre las páginas de un diccionario francés alemán; la palabra señalada fue, justamente, “dadá”: contra el imperio de la filosofía y de los conceptos, aquí se afirmaba que, siendo tan absurdo perder la vida en el campo de batalla por ideales abstractos en los que nadie creía realmente, era mucho mejor dedicarse al juego de las casualidades incontrolables.

El Dadaísmo es un movimiento destructivo; no cree en nada ni en nadie; no hay grandes artistas ni obras maestras intocables; no vale la pena ninguno de los valores que proclama la cultura y, por supuesto, tampoco la propia cultura tiene validez alguna. Mucho menos el arte. Entonces hay que destruir y gozarse en lo destruido.


Marcel Duchamp – Monalisa con bigotes
Dadá fue tan radical que muy pronto quemó sus propias bases y principios. De hecho, el Dadaísmo fue un movimiento intrínsecamente contradictorio que se negaba y autodestruía cada vez que quería acabar con el arte y la cultura: ¿cómo se podía realizar la negación del arte si no era a través de la producción de una antiobra de arte que, sin embargo, de todas maneras, era ya una obra? Y así, aún sin quererlo, aparecieron una multitud de obras dadaístas que seguimos recordando, es decir, que generaron una tradición propia, la del azar, que va a definir en gran medida el siglo 20.

Recitales de “poesía gutural”, basados en la emisión de sonidos anteriores a cualquier lenguaje racional; poemas escritos al azar, recortando las palabras de una hoja de periódico que luego se revolvían en una bolsa, para luego “ordenar” las frases a medida que se iban sacando los recortes; cuadros realizados frotando con lápiz el papel puesto sobre una superficie irregular de manera que surgieran formas impensadas.

En el fondo, lo que ocurre es que se dejaba de lado todo lo que había constituido la condición artística de una obra, como ejercicio de técnicas y oficios, y se buscan, en cambio, promover la sensibilidad, la intuición y, en definitiva, activar estéticamente la realidad y no solo reproducirla.

Quizá el más trascendental de los artistas de esta revolución fue el francés Marcel Duchamp (1887-1968). Sin querer agotar ni sus obras ni sus ideas, se puede recordar aquí un doble mecanismo que, en todo caso, buscaba la destrucción de las viejas concepciones artísticas.

Por una parte, Duchamp se apropia de la que, en su momento, es considerada como la obra de arte más importante del mundo, la Monalisa de Leonardo da Vinci, un cuadro único de cuyo valor artístico nadie parece dudar, lo que la hace inalcanzable para todos; pero, en primer lugar, se vale de una simple reproducción de bajo costo al alcance de cualquier persona y, más todavía, se burla de ella pintándole bigotes. La Monalisa con bigotes de Duchamp ridiculiza la gran obra de arte y la convierte en un objeto sin valor.

O, al contrario, toma un objeto ya hecho, que no posee ningún valor artístico, como sería un orinal, y lo ubica en medio de una gran exposición, convirtiéndolo así en obra de arte; es claro que el artista dadaísta no ha hecho nada más que sacarlo de su contexto utilitario para ubicarlo en un nuevo espacio que es el campo del arte.

El extremismo radical de Dadá es una especie de suicidio del arte y la cultura. Pero de su negatividad y de sus contradicciones surgen gran parte de los movimientos de vanguardia del siglo 20, y no solo en el terreno de las artes plásticas. Hijos suyos son fenómenos como nuestro Nadaísmo, el hippismo, el arte Pop, el Conceptual, en fin, casi todos los que en algún momento quisieron romper con el viejo establecimiento.

Por eso, de alguna manera, hace cien años comenzamos a recorrer un camino hacia ninguna parte que todavía hoy nos hace cuestionar los valores tradicionales.