La pasión de la gula

La pasión de la gula
Cuando se acaba la fiesta, el glotón se encuentra con un profundo dolor detrás de su sonrisa
/ Sebastián Restrepo

La gula, desde el eneagrama, se ve como una adicción al placer y a lo placentero, una tendencia hedonista que termina por volverse una cárcel. También implica una voracidad e insaciabilidad que se manifiesta en querer más de todo, pero nunca de lo mismo: ideas, lugares, experiencias, parejas, proyectos, drogas, meditaciones, etcétera.

Como es lógico, el que es adicto al placer no puede resistirse a ninguna tentación. Por eso la gula va invariablemente acompañada de una profunda autoindulgencia. Los glotones no tienen ese freno que aplaza las gratificaciones inmediatas para lograr gratificaciones más profundas. No saben ponerse límites ni a sí mismos, ni a los otros. Tampoco aceptan los de la vida.

Otro aspecto que generalmente los acompaña es un saber fraudulento. Son lengüiprontos y sabelotodo. Tienen vastos conocimientos siempre con menos de un centímetro de profundidad.

Los glotones brillan por su inestabilidad, son expertos para empezar pero nunca para terminar. Su vida es un manojo de planes maravillosos y cabos sueltos. El compromiso es su versión personal del infierno. Por eso son buenos en la cabeza, pero torpes con las manos. Escupen proyectos a borbotones, pero tan pronto dejan de ser interesantes y divertidos, los sueltan con la misma facilidad con que los conciben.

Son grandes futuristas y maravillosos soñadores, pero evasores del presente y de las deudas. Vuelan maravillosamente en el cielo de los planes e ideales, pero carecen de tren de aterrizaje, por eso le temen a la tierra. Dicen que para ellos esto acá abajo es muy maluco.

Su filosofía es disfrutar y estar libres de problemas. Para llegar allí, a la Tierra del Nunca Jamás, patria del eterno Peter Pan, es necesario transitar el camino del facilismo y la astucia. “Jamás te vayas a coser la sombra”, no vaya a ser que aterrices en la tierra del aquí y ahora con todos sus problemas.

Su capacidad de persuasión, impulsada por su desinhibida locuacidad, es impresionante. Pueden llegar a vender un hueco con su discurso. El típico culebrero, el pícaro del pueblo, el vendedor de talleres de superación personal, el gurú de la nueva era con su sartal de ideas positivas y superficiales son manifestaciones comunes del glotón.

Pero cuando se acaba la fiesta, el glotón se encuentra con un profundo dolor detrás de su sonrisa; detrás de su amistosa suavidad encuentra una agresión latente y más allá de su generosidad encuentra las garras de un explotador disfrazado.

El trabajo psicoespiritual del glotón es aterrizar. Bajar de la “matriz cuántica de las infinitas posibilidades” al plano de la cotidianidad. Esto implica concretarse, escoger, centrarse, entregarse y, por qué no, aburrirse algunas veces.

Cuando el goloso pasa de la compulsión por la exaltación y la manía al amor por la sobriedad, su vida da un giro de 180 grados. Encuentra la fuerza de las cosas simples y entiende que, o no existen los milagros, o todo es un milagro.

Cuando deja de buscarse en infinitos futuros para encontrarse en la certeza del presente. Allí encuentra su rabia y su dolor. Tal vez aprenda que la frustración que tanto evita la tiene en su pasado. Y así es como, cosiéndose su propia sombra como Peter Pan, abrazando la oscuridad que tanto teme, deja de ser el adolescente eterno que vuela, para convertirse en un hombre con los pies en la tierra. La Tierra de Nunca Jamás en realidad era un exilio. Aquí y ahora encuentra su casa.
opinion@vivirenelpoblado.com