La paciencia del francotirador

La paciencia del francotirador
La novela policíaca no es tan intrascendente ni tan frívola como algunos piensan
/ Esteban Carlos Mejía

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Me gustan mucho las novelas de Arturo Pérez-Reverte. Son una mezcla de intriga, perspicacia y exquisita narración. Desde La tabla de Flandes (1990) hasta La Reina del Sur (2002), pasando por Las aventuras del capitán Alatriste (1996 – 2011), su misión ha sido inalterable: entretener. Con su venia, y por un feliz momento, uno deja de ser lo que es y se vuelve maestro de esgrima, merchante de libros antiguos o espadachín.
En noviembre del año pasado, Pérez-Reverte publicó El francotirador paciente, magnífica novela “negra”, apta para fanáticos del género policíaco y también para lectores de otros gustos. La protagonista es Alejandra Varela, Lex Varela, Lex, editora de libros de arte, “curtida por diez años de oficio y treinta y cuatro de vida”. A órdenes de un riquísimo editor, Lex debe buscar y encontrar a Sniper, grafitero sin dios ni ley, para proponerle que se aburguese, salga del anonimato y venda su obra al mejor postor. Sniper está inspirado en Banksy, el más famoso y escurridizo de los grafiteros de Europa. Sin contemplaciones, la novela nos mete en la atmósfera del arte callejero, todo contado con fluidez, elegancia y precisión, incluido el sorprendente final. (Al leerla tuve que acordarme de tres grafitis de la época dorada de los grafiteros de Medellín hacia 1985: “Hace sin arte”, “Pobre razón enferma, medrosa, culposa…” y “Tirar da sida. No tirar oxida. Tire con conocida”.)

Quién creyera: la novela policíaca no es tan intrascendente ni tan frívola como algunos piensan. Recrea coyunturas ordinarias sin caer en las perentorias, solemnes y farragosas introspecciones de ciertos intelectualoides en trance de novelistas. Y en esto, en el plan de exprimir la realidad, Pérez-Reverte es un creador sin mácula.

** Día tras día. ¿Cuál es la efemérides literaria de esta semana? El 21 de febrero de 1903 nació en Neuilly-sur-Seine, Francia, una niñita a la que sus padres bautizaron con el nombre de Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell. O sea, Anaïs Nin, santa matrona de los escritores de diarios. Anaïs empezó a escribir su primer diario a los 11 años y ya no paró. En total escribió unas 35.000 páginas, algunas de las cuales forman los conocidísimos Diarios de Anaïs Nin, siete volúmenes plenos de confesiones, ingeniosidades, voluptuosidades y reflexiones. En 1931, Anaïs conoció a Henry Miller, con el que compartió una sexualidad esplendorosa y con el que, además, se aficionó a escribir relatos eróticos, bellos o bellísimos, a pesar de la extrema caricaturización de sus personajes. Lean, por ejemplo, Delta de Venus, una colección precisa para quienes aún no han sucumbido al pornointernet o, mejor dicho, para quienes todavía creen que el erotismo salvará al mundo.

*** Body copy. “Se quedó otra vez callado; pero yo conocía aquello, por supuesto. Tenía la edad y la vida suficientes para comprender. Era simple condición humana: todo claudicante necesita a otros, del mismo modo que un traidor anhela que haya más traidores. Eso significa consuelo, o justificación, y permite dormir mejor. El ser humano pasa la mayor parte de su vida buscando pretextos para atenuar el remordimiento propio. Para borrar claudicaciones y compromisos. Necesita la infamia ajena para sentirse menos infame. Eso explica el recelo, la incomodidad, incluso el rencor suscitado por quienes no transigen.”

Arturo Pérez-Reverte. El francotirador paciente. 2013.
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