La obligación de no tragar entero

     
     
    Publicado en la edición 400, octubre 18 de 2009
     
       
     
    La obligación de no tragar entero
     
       
     
    Nunca antes en la historia de la humanidad circuló de manera tan fluida tanta información entre tantas personas como sucede en esta época que nos tocó vivir. Tampoco nunca antes tanta gente sabía leer ni en efecto se leía tanto, en cantidad, como sucede ahora. Sin embargo, no habría manera de asegurar que las personas, en general, que vivimos hoy en día lo hacemos en un mundo mejor que el de las generaciones pasadas. Esa abundancia de información sobre lo divino y lo humano, sobre todo sobre lo humano, no ha propiciado mundos mejores como los de los sueños de escritores, políticos y pensadores de distintas épocas.
    Para el caso, entre nosotros circula tanta información (en cantidad) sobre los asuntos de interés público, pero tan difícil de digerir, de procesar y entender para poder hacer algo con ella, que la mayoría de las personas no se da cuenta de lo que pasa frente a sus ojos y solo atina a seguir viendo televisión mientras la vida sigue sucediendo afuera de su casa.
    No son pocos los colegios que tienen alguna forma de curso relacionado con los medios de comunicación, casi siempre sobre la publicidad o la televisión, pero, no exageramos, casi ninguno tiene nada relacionado con la lectura y la comprensión de los mensajes que emiten los medios de comunicación como tampoco son muchos los padres de familia, o los llamados adultos responsables, que ven televisión con sus hijos y les explican qué es lo que están viendo. Bueno, en gracia de discusión, no es justo pedirles que expliquen algo que no saben qué es.
    Nadie le enseña a los más pequeños a ver Discovery Kids, es solo un ejemplo, sino que, como ya sabemos, el canal hace las veces de niñera. Pero, lo mismo puede decirse de los televidentes (e internautas, lectores, oyentes, etcétera) de todas las edades, a nadie le enseñan a ver televisión. Por eso cuando pasan las cosas que a diario pasan en Colombia, las reacciones viscerales instantáneas, las bocas abiertas, la solidaridad de corto aliento, y otras reacciones por el estilo, son habituales. Y por eso cuando alguien une los puntos, como en un rompecabezas, y hace evidente la figura que había detrás de tanta información aparentemente desconectada, muchos se asombran de no haber visto antes lo que estaba ahí, frente a sus ojos, y que nunca habían visto.
    Creemos que le corresponde al sistema educativo en todos los niveles enfrentar esta situación para aumentar la densidad (así se dice ahora) de la democracia colombiana, para que la participación ciudadana sea posible y efectiva. Y los beneficiados no serán solo los ciudadanos, sino, a la larga, los mismos medios de comunicación.