La miel de los días

El hombre miró el fondo de la hondonada y vio que allá abajo había un dragón horrendo que echaba fuego por los ojos y lo estaba mirando con gesto terrible, con la boca abierta y esperando a que cayera para tragárselo
/ Gustavo Arango
En su Vida de San Josafat, cuenta Juan Damasceno que un hombre iba huyendo de un furioso unicornio que sólo con sus bramidos hacía temblar los montes y resonar los valles. El hagiógrafo omite explicar las razones de esa furia y la existencia misma del animal quimérico. Lo cierto es que el peligro era grande y, por andar mirando atrás a su perseguidor, aquel pobre desgraciado no advirtió a dónde iba y cayó en una oscura hondonada.

Como era recursivo, y apreciaba la vida, el hombre intentó asirse de algo y encontró algunas ramas que detuvieron su caída. Se aferró con fuerza a aquellas ramas, se acomodó en una de ellas y suspiró contento, pensando que con eso había escapado del peligro. Pero cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad pudo ver que dos ratones –uno blanco y uno negro– mordían diligentes la raíz del árbol y estaban a punto de cortarla.

El hombre miró el fondo de la hondonada y vio que allá abajo había un dragón horrendo que echaba fuego por los ojos y lo estaba mirando con gesto terrible, con la boca abierta y esperando a que cayera para tragárselo. Luego el hombre oyó un siseo, se volvió a mirar las ramas del árbol y vio que en una de ellas había cuatro serpientes venenosas que estiraban sus cuellos –aunque en las serpientes todo es cuello– con la intención de atacarlo.

Nuestro hombre empezaba a pensar que su situación era desesperada cuando vio que de unas hojas del árbol caían unas gotas de miel y se sintió muy contento. Maniobró para acercarse a aquella rama, abrió luego la boca y se dedicó a saborear con deleite la dulzura de las gotas. Muy pronto se olvidó de los peligros que lo rodeaban. Se olvidó del unicornio enojado que estaba allá arriba, se olvidó de las serpientes ávidas que tenía al lado, se olvidó del dragón horrendo que estaba allá abajo, se olvidó de la tarea infatigable del ratón negro y el ratón blanco y de la fragilidad del árbol, que ya estaba a punto de caer. Todo se borró como por arte de magia y en el mundo sólo parecían existir aquellas gotas de sabor tan exquisito y delicado.

La vida de San Josafat no sólo es curiosa por haber permitido que el Buda, Siddhartha Gautama, llegara a formar parte del santoral católico (su festividad es el 27 de noviembre). También es notable por la riqueza de los relatos que la adornan. La historia del hombre que huía del peligro y se entretuvo con unas gotas de miel se ha convertido con el tiempo en un verdadero clásico entre las alegorías de la vida.

Dice Damasceno que esta historia nos ilustra la manera como los seres humanos se entretienen con goces superfluos y se olvidan de los grandes peligros que amenazan la integridad de sus cuerpos y sus almas. El unicornio es la muerte, que desde que nacemos nos persigue y no dejará de alcanzarnos. La hondonada es el mundo, que está lleno de males y miserias. El árbol al que el hombre se aferra es el curso de la vida. Los ratones que lo roen, uno blanco y otro negro, son el día y la noche que se suceden para acabar con nuestras horas y con el tiempo que nos ha sido asignado. Las cuatro serpientes son los cuatro elementos o humores que constituyen nuestra complexión: la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema; pues el exceso de uno de ellos produce turbación y ocasiona la muerte. El dragón espantoso es la amenaza del infierno, que abre las fauces para tragarse a los pecadores. Las gotas de miel, por su parte, son los gustos, distracciones y entretenimientos que ocupan casi la totalidad de nuestras vidas.
opinion@vivirenelpoblado.com