La literatura es invencible

De Juan Diego Mejía a Rubem Fonseca; de Frailejón Editores a Alfaguara… aquí están las recomendaciones del mes, a la manera de Esteban Carlos Mejía.

Por Esteban Carlos Mejía
Por Esteban Carlos Mejía / Hic et nunc
Más candela que en un coctel Molotov
Más candela que en un coctel Molotov

Más candela que en un coctel Molotov

Rubem Fonseca parece un viejito de 93 años, pero en realidad es un volcán en erupción, un botafuego de verdades inoportunas. Con su escritura fina y sin condescendencia ha plasmado en su obra lo mejor y lo peor de la sociedad brasileña. Sus novelas estremecen. Sus relatos te quitan el sueño y te encabritan el insomnio. Sus entrevistas sobre literatura encalambran.

Tusquets Editores acaba de publicar Cuentos Completos 1 (junio de 2018, 577 páginas), con cinco libros inevitables si amas la ficción: Los prisioneros (1963), El collar del perro (1965), Lúcia McCartney (1967), Feliz Año Nuevo (1975) y El cobrador (1979). Pura dinamita líquida mezclada con jalapeños, semen de rabo de ají y huevos de alacrán con alas.

Para desgracia (o fortuna), a mí me encanta todo Rubem. ¡Todo! Por hoy les recomiendo tres cuentazos: Informe de Carlos, El caso de F. A. y Mandrake. Se van a enviciar.

En ¡Sálvese quien pueda! - Andrés Oppenheimer
En ¡Sálvese quien pueda! – Andrés Oppenheimer

¿Quién le dará tetero a mi robot?

Una escalofriante investigación de la Universidad de Oxford revela que el 47% de los empleos corre el riesgo de ser reemplazado por robots y computadores con inteligencia artificial en Estados Unidos durante los próximos 15 o 20 años. Se trata de un vaticinio más apocalíptico que el mismísimo Apocalipsis del Nuevo Testamento, que debemos leer ya, a manera de conjuro contra el pronóstico oxfordiano.

En ¡Sálvese quien pueda! (Debate, agosto de 2018, 360 páginas), el requeteconocido periodista Andrés Oppenheimer averigua el destino de periodistas, banqueros, abogados, contadores, agentes de seguros, médicos, docentes, transportadores, actores, músicos y deportistas. Al final, para paliar malas noticias, indica los 10 trabajos del futuro. No soy ni seré spoiler. Solo les menciono uno: cuidadores y programadores de robots. ¿Qué esperaban? ¿Paseadores de perros? ¿Comentaristas de libros?

Manuela Espinal Solano - Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto
Manuela Espinal Solano – Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto

Serás lo que eres

Para muchos la tradición familiar puede ser un escampadero, la felicidad, una bendición del Cielo. Ser abogado litigante como mi papá. Vender brasieres de contrabando como mi tía. En cambio, para otros muy escasos, es una maldición. Creer en lo que no creo. Vivir lo que no deseo. Cantar lo que no quiero cantar. Y solo unos pocos de esos pocos se atreven a escribir sobre el curso de esa blasfemia.

Manuela Espinal Solano lo ha hecho. Angosta Editores, la editorial que inspira Héctor Abad Faciolince, publicó en diciembre del año pasado su primera novela, Quisiera que oyeran la canción que escucho cuando escribo esto, tan insinuante y sugestiva como el título. La gracia no es que Manuela tenga 18 o 19 años. Para mí, eso es lo de menos, a riesgo de que me caiga un rayo. La gracia es su escritura: directa y honda, sencilla y polifásica, pulcra y gustadora. Léanla y verán.

El cine era mejor que la vida de Juan Diego Mejía
El cine era mejor que la vida de Juan Diego Mejía

Vivir para siempre

Unos escritores inventan lo que escriben. Otros recrean su pasado. ¿Cuáles gustan más? Como alguna vez dijo el ya casi olvidado Mao Zedong: “Que se abran cien flores, que compitan cien escuelas”. En gustos no hay disgustos. A mi manera de leer, cada talante literario pretende el mismo fin: inmortalizar el momento, esclarecer la esencia del tiempo, buscar la eternidad.

El cine era mejor que la vida (Alfaguara, mayo, 2018, 155 páginas), de Juan Diego Mejía, es un ejemplo muy bien logrado de perpetuar lo vivido. Un niño de 8 años, pegado a las faldas de la mamá (Laura) y a los pantalones del papá (Mejía), nos cuenta sus vivencias de amor y desengaño, no a manera de vindicta o justicia poética, sino como un cántico a la familia, algo que en Twitter puede sonar obsoleto, pero que a muchísimos lectores de carne y hueso les parece música para los oídos. Música celestial.

Amor en la Nube, de Ana Cristina Vélez
Amor en la Nube, de Ana Cristina Vélez

¡A que te cazo, mi amor!

Lean bien. Una nube no es la Nube. Con los rollizos contornos de una nube podemos imaginarnos las alas de Pegaso o la tierna figura de la Virgen María. Con la Nube (the Cloud), accedemos por Internet a recursos, sistemas, información y servicios de altísimo nivel informático, como sabe cualquier millennial. En la Nube está todo y la Nube está en todas partes, duélale al que le duela. Hasta el amor. El mismo que tanta brega nos da en esta vida ordinaria.

Amor en la Nube, de Ana Cristina Vélez (Editorial Universidad de Antioquia, abril de 2018. 225 páginas), narra la parte más hilarante de la vida de Teresa, geóloga de 36 años, soltera, hija de familia ultracatólica, que se embarca en la odisea de buscar (y encontrar) marido por internet. Una historia actualísima, llena de humor e inteligencia, para ponernos a reír y pensar. Y nos les digo más.

Romancero gitano de Iván Hernández
Romancero gitano de Iván Hernández

Cuando los relojes se pararon

Ochenta y dos años después de su asesinato en 1936, nadie sabe con certeza dónde reposan los huesos de Federico García Lorca. La derecha española le tenía pavor a su poesía de juegos y abalorios. La pureza de su alma ultrajaba a los cabecillas del franquismo. Y su mariconería sin tapujos descalabraba la hipocresía de curas, obispos y monjas. Hoy le dirían “buen muerto”. La política y la guerra van por un camino y la literatura y la poesía vuelan por otro. Hoy casi nadie añora a los asesinos. Casi todos acudimos con fervor al prodigio de sus versos.

Frailejón Editores, editorial independiente bajo la guía del escritor Iván Hernández, tiene en catálogo un libro para esta sed de espíritu: Romancero gitano (cubierta en cuero, encuadernación manual), recordatorio del gran Federico, un muerto que nunca muere. Lo recomiendo con el alma…