La ley de la selva

La ley de la selva
En Manila está operando la ley de la selva, con el agravante de que ocurre en medio de la institucionalidad

Manila es un microcosmos inserto en El Poblado con múltiples particularidades. Una de ellas es la transformación de uso de suelo que vive en la actualidad y que amenaza con desplazar a sus residentes debido a la cantidad de dinámicas comerciales que han llegado allí.
Uno de los ejemplos de lo que ocurre cuando estos cambios se presentan es lo que sucedió en Greenwich Village, un barrio inicialmente residencial de clase media de Nueva York, que poco a poco empezó a incluir un ambiente bohemio, musical y gastronómico muy marcado hasta tornarse desordenado.

Como es apenas obvio, estas modificaciones en la vocación de un sector de la capital del mundo requirieron intervenciones puntuales a lo largo del tiempo (desde policivas hasta incentivos para el reordenamiento urbanístico) para evitar que los cambios de uso que se dieron de hecho deterioraran definitivamente la zona. Ahora Greenwich Village está tan costoso que sus residentes iniciales, si bien no tienen capacidad económica para vivir allí, al menos no vieron devaluar sus propiedades sino valorizarse. Es decir, todo lo contrario a lo sucedido en los últimos 20 años en sectores de la comuna 14, como los aledaños a los parques Lleras y El Poblado, donde los residentes no solo han sido desplazados por la rumba, el ruido y la inseguridad sino que han sufrido la devaluación de sus propiedades.

Ahora el turno del cambio profundo es para Manila. Aunque su transformación empezó hace varios años, en parte gracias a la conformación de la llamada Calle de la Buena Mesa, en los últimos meses ha sido vertiginosa. No tanto a la periferia sino al corazón del barrio, han llegado nuevos locales y negocios, con todas las implicaciones que esto tiene cuando no hay un control adecuado: se ha impactado de muchas maneras la vida cotidiana de los residentes, algunos de los cuales han optado por irse a otros sectores. Las afectaciones son de tipo ambiental (emisiones de ruido, olores y sustancias relacionadas con la cocción de alimentos), de movilidad y de seguridad. La amplia oferta de servicios no solo atrae nuevos clientes sino cuidadores de carros, valet parking y delincuentes que empiezan a ver la zona como un buen fortín.

Los malestares en Manila se expresan todos los días: han surgido cuestionamientos por las irregularidades en el otorgamiento de las licencias de construcción y de funcionamiento, ha habido quejas por venta de licor en establecimientos públicos que no tienen permiso para hacerlo, por el estacionamiento permanente en lugares donde está prohibido parquear, por el expendio de sustancias ilegales por parte de cuidadores de carros. La denuncia más reciente recibida en este periódico sobre Manila se relaciona con un negocio de alquiler de autos no formalizado, que se toma la vía para estacionar los vehículos.

En fin, en Manila está operando la ley de la selva, con el agravante de que ocurre en medio de la institucionalidad, representada por el Más Cerca y la Estación de Policía de El Poblado.