La grandeza de lo elemental

     
    La grandeza de lo elemental
     
     Basta leer alguna de las ediciones de Vivir en El Poblado o revisar los mensajes que llegan a su redacción para entender que buena parte de lo que nos aqueja y nos preocupa en El Poblado nace de nosotros mismos, de nuestras acciones cotidianas. No hay que hacer diagnósticos ni análisis para deducir que muchas de las soluciones están en nuestras manos y sin esfuerzos significativos.
    Un alto porcentaje de las comunicaciones de los lectores, de aquellas mortificaciones que los motivan a tomarse el trabajo de escribir, de llamar, de pedir, de desahogarse, de buscar ante quién quejarse, está relacionado con comportamientos inadecuados y egoístas de sus vecinos. Al conocer la naturaleza de estas quejas es imposible no pensar en lo fácil que sería hacer más amable El Poblado, en todos los dolores de cabeza, iras contenidas, insomnios y desavenencias que nos evitaríamos si siguiéramos aquella regla sencilla que nos enseñaban desde la primaria: no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti. Si pensáramos en este consejo antes de actuar y lo cumpliéramos a rajatabla no molestaríamos a quienes viven en los apartamentos cercanos con los altos volúmenes de los equipos de sonido y televisores, ni tendríamos necesidad de esperar la llamada de atención de la portería o del comité de convivencia de la urbanización; basta usar el sentido común para utilizar un volumen moderado o, si el caso es de sordera, invertir en un buen par de audífonos; o salir a caminar con el perro y la bolsa para sus desperdicios. Si antes de actuar pensáramos en lo que a nosotros mismos nos molesta, no aplazaríamos la colgada de un cuadro para las 10 de la noche, ni botaríamos las colillas, los pelos de los cepillos o los papeles de los dulces por las ventanas para que caigan a los patios de los primeros pisos o a las zonas comunes de la unidad residencial: para qué incomodar a los demás si tenemos a la mano una papelera. Son solo algunos ejemplos de los asuntos elementales que hacen parte de la cotidianidad en un barrio como El Poblado y que sumados van generando agresividad en sus habitantes.
    Prestarle atención a detalles para algunos intrascendentes, se hace más importante hoy, cuando las casas grandes y aisladas son cosas del pasado.
    No hay necesidad de que las autoridades lo repitan para que a todos nos conste que Medellín se está quedando sin espacio para construir, que cada vez en El Poblado hay menos casas, menos zonas verdes, pero sí se construyen sin tregua edificios más altos y delgados donde cientos de familias comparten y compartirán su día a día con una división mínima de los espacios, posiblemente hasta que la muerte los separe.
    Dejémosles a los gobernantes parte de las grandes responsabilidades de las que, claro está, también depende nuestro bienestar, pero no nos encarguemos nosotros mismos de convertir en un infierno el pedazo de tierra que nos queda.