La fórmula

Cuando uno decide desde el fondo del alma, ya no hay lugar para dudas. Uno ya no se pregunta si es por aquí o si no es por aquí. Uno sabe por dónde es y solo se pregunta cómo
/ Juan Sebastián Restrepo
Hoy tuve una conversación con un viejo amigo. El hombre, un colega menor que yo, apenas está iniciando su carrera profesional, y como para eso están los amigos, estuvo haciéndome un gran interrogatorio, tratando de encontrar las fórmulas que yo utilicé en mi camino.

Yo le respondí: “Hermano, lamento desilusionarte, pero mi apuesta desde el principio fue no tener ninguna fórmula. Yo soy terapeuta, y a mí me da pena publicitar la terapia como si estuviera vendiendo calzones. Así que desde el principio me la jugué por entregarme a cada paciente como si fuera el primero y el último, a aprender y desaprender mil veces para poder crecer en mi arte y a dejar que los resultados de mi trabajo hablaran por si mismos. Esa fue mi estrategia: ningún atajo y pura entrega.

Entonces el hombre me dijo: “Ah, es que hay veces me levanto con ganas de tirar la toalla. Yo le dije: “Ese es el primer problema viejo, ya cogiste un camino y no lo has asumido. No jodás, vos cómo le vas a ayudar a tus pacientes si ni siquiera sos capaz de tomar decisiones de verdad. Yo creo hermano que eso es lo primero: mirar el corazón y encontrar la certeza de que lo que uno hace, lo hace por amor. Cuando eso ya está, la decisión surge naturalmente. Y cuando uno decide desde el fondo del alma, ya no hay lugar para dudas. Uno ya no se pregunta si es por aquí o si no es por aquí. Un sabe por dónde es y solo se pregunta cómo”.

“Y entonces”, le dije, “cuando uno está enamorado del camino y ya no tiene dudas al respecto, uno simplemente lo camina, abierto y atento. Pero lo más importante es no buscar atajos, no pretender que sea fácil, porque el camino mismo es el maestro que nos va enseñando, nos reta, nos exprime y nos estira, nos hace crecer y nos mueve a buscar para encontrarnos. Solo entregate y decí: “Lo transito, cueste lo que cueste: horas de sueño, llanto, desencantos, despedidas, abismos. Tenés que estar dispuesto a pagar el tributo de crecer. Yo te garantizo que si no sos un gran terapeuta no va a ser por falta de talento sino por cobarde”.

“Ah, pero es que pa’ vos es muy fácil”, dijo, “porque a vos no te da miedo”. Yo le respondí: “¿Miedo?, claro que me da miedo. Cada que doy un salto a lo desconocido me tiemblan las rodillas. Lo que pasa es que una cosa es el miedo y otra la cobardía. El miedo siempre está ahí, pero el cobarde le tiene miedo al miedo. Y para uno vivir en esta vida maravillosa y terrible, tiene que aprender a tener miedo, a volverse amigo del miedo, a gozarse el miedo. Y la duda no es miedo, la duda es cobardía. ¿Para qué te sirve preguntarte si sos capaz antes de haberlo intentado con todas tus fuerzas? No viejito, esa pregunta sobra, no sirve para nada.

“Y pase lo que pase”, proseguí, “no te dejés desanimar. Si la vida te tumba, parate. Si tenés momentos apretados, no te rindás; si a tus grupos llegan dos personas, entregate a esas dos; si metés la pata, aprendé. Pero no te dejes desanimar. La terquedad es fundamental en este caso. Y hay un momento en que la vida cede y las cosas se abren y lo que empezó con un esfuerzo inimaginable empieza a fluir con abundancia. Y en ese momento uno mira para atrás y dice: ¡qué berraquera!”.

Y fue ahí donde caí en la cuenta. Y le dije: “Sabés qué hombre, vos que sos de Manizales, podés darte cuenta de que no hemos hecho sino hablar de una cosa”. “¿De qué?”, me preguntó. Y yo le dije: “Pues de la berraquera”. Porque el verdadero berraco no es el machito pendenciero, sino aquel que tiene un corazón tan grande, como para entregar la vida por sus sueños.