La familia en la segunda mitad de la vida

 
Antes que nada me gustaría plantear una pregunta básica y esencial: ¿para qué se vive? Cada uno tendrá su forma de responderla, pero lo cierto es que este simple cuestionamiento no conlleva una respuesta fácil, y a lo largo de la vida se responde de diferentes maneras: una es la forma de responderla antes de la mitad de la vida y otra es la forma de responderla después.
Según el psiquiatra suizo C. G. Jung: “eficacia, utilidad, entre otros, son los ideales que parecen mostrar la salida del laberinto de los problemas” cuando entramos en la etapa de la juventud. ¿Pero, cuáles son los de la adultez intermedia y la vejez?
Mi tesis es que en una sociedad que enaltece de forma compulsiva y estúpida la eterna juventud, entramos, como diría Jung, “en el atardecer de la vida sin la menor preparación o, lo que es peor, lo hacemos bajo la falsa suposición de los ideales y las verdades que teníamos hasta entonces.
No podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa que la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco, y lo que en la mañana era verdadero, en la tarde será falso”.
El gran conocedor de los mitos Joseph Campbell dice que en la segunda mitad de la vida el reto “ya no viene de la vida, sino de la muerte. La vida es un círculo completo, de la tumba del vientre al vientre de la tumba; una enigmática y ambigua incursión en un mundo de materia sólida que pronto se deshace en nuestros dedos, como la sustancia de un sueño”.
¡Qué importante es la muerte! Reconocerla, asumirla, darle su justo lugar es el mejor tonificante para la vida. Ante ella, decía Carlos Castañeda de forma bastante pedagógica: “la muerte es la única consejera sabia que tenemos.
Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está saliendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas, que nada importa en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado”.
Jung pone las cosas en su justo lugar cuando dice: “desde la mitad de la vida hacia adelante, solo permanece vital aquel que está preparado para morir con vida”.
“Estar preparado para morir con vida” quiere decir, nada más ni nada menos, que aprender a actualizar el alma, no hacer concesiones con el mañana, porque esto equivaldría a un suicidio en el presente.
Pero también implica reconocer el límite, la fragilidad y la dignidad plena de la condición humana. Nada nos libera tanto de nuestro persistente egoísmo como la conciencia de la muerte. El amor se dibuja en su verdadera magnificencia entre seres mortales, efímeros e imperfectos, que tienen no obstante, vislumbres de eternidad cuando salen de sí.
Muchas familias, desprovistas de esta perspectiva que se impone en la segunda mitad de la vida, aferradas a la seguridad que con tanto ahínco buscaron en la primera, se pierden en la esterilidad del sinsentido. Muchas parejas dejan de verse hasta que la muerte las separa. ¡No se dan cuenta de que el gran trabajo de la vida apenas comienza, justo ahí donde se hace visible la muerte!
Y mientras para algunos “jóvenes eternos” el rostro del espejo es su más temido espanto, para otros, cada arruga y cada exhalación que se va para siempre, es una constatación más, un ornamento, de ese milagro transitorio que con determinación vivieron cabalmente.

No se por qué presiento que en el lecho de muerte son distintos los rostros de los que de verdad amaron.