La española balsa de piedra se hundió

No había terminado de pronunciar su discurso de victoria el domingo 6 el candidato francés Francois Hollande, cuando ya por el correo de las brujas de Bruselas la Canciller de Hierro Alemana, Merkel, lo estaba llamando para que por ningún motivo les diera a los franceses ninguna esperanza de desapretarles el cinturón de austeridad con que los tiene atados, y muy bien atados, a su falda de la Eurozona cuya premisa es: “O recortas presupuesto o te vas al carajo con Grecia, Italia, Portugal y España”. Después de los primeros tímidos intentos, y su consolidación cuasi-definitiva en 27 estados hacia 1993, es sin duda un atrevido experimento económico social sin par en Occidente, pero que no contó ni remotamente con los atávicos regionalismos continentales, que durante siglos de los siglos han sido el origen de sus numerosas guerras interfamiliares: Pero, ¿cómo es que no podemos creer que la Europa del Sur ya no existe, que en la mitad de Europa sólo rige la voluntad de Merkel, que los británicos le sacan el cuerpo cada que pueden y que a los escandinavos Alemania les importa un bledo? Durante las crisis recurrentes de 2008 a 2011 (y todavía) la parada financiera la marcó Alemania seguida a regañadientes por la avaricia de Francia, pero a principios de 2012 todo se está definiendo con frialdad sajona. No acababan los hispanos de elegir al ultraderechista PP, con la esperanza de que los sacara de la hecatombe del Partido Socialista, cuando un mes después de elecciones del famoso 20-N, empezó el ministro Rajoy, el supuesto Salvador de la Patria, a asestar dobles y mandobles sobre todo lo que significara gasto público, pensiones, IVA, cultura, educación, patrimonio, ciencia, banca, corrupciones a granel y en “carroussel”, desempleo al por mayor, qué dirá usted. Se está cumpliendo de cruel manera la gran profecía de la novela del portugués José Saramago, “La Balsa de Piedra” (1986), una de las más magníficas metáforas literario-sociales de finales del siglo XX. En suma, un día cualquiera de 1986, en algún punto de la frontera montañosa de los Apeninos entre Francia y España, un hombre traza una raya en el suelo –con lo cual empieza Europa a partirse en dos, una mujer desteje un ovillo interminable, un campesino es perseguido por una bandada de estorninos, perros mudos empiezan a ladrar. Y la gran península ibérica, con Portugal y todo, se desprende de una Europa que nunca la quiso y que ahora la ve marcharse Atlántico abajo, hacia las Azores, primero, luego a USA, allá no la desean, luego hacia la América del Sur, a la Patagonia… Es curioso, en las críticas de hace veinte años a “La Balsa de Piedra”, se apelaba a la metáfora de la solidaridad de los pueblos europeos y americanos, la hermandad histórica, los valores mutuos, esa nube de patrañas. A la hora de escribir esta reseña tardía, todas esas grandes palabras se han ido al vacío. Grecia saldrá de la Eurozona en pocos días. (“Nunca debimos haberla recibido”). El principal Banco de España, el Bankia, está siendo nacionalizado junto con otras siete entidades principales del Estado. “La Balsa de Piedra” mutilada estará llegando a las Malvinas en próximo noticiero. Todo cambia en segundos. Qué novela apasionante.
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