La escasez

Es un mandato cultural que dice que “Eres tan bueno como el número de “me gusta” que obtienes en Facebook” o “si no te esfuerzas por ser grandioso, privilegiado y admirado, eres ordinario e inadecuado”
/ Juan Sebastián Restrepo
Ya se ha vuelto un lugar común, con justificadas razones, hablar del narcisismo de nuestra época. Ya lo hemos leído y escuchado mucho: sí, estamos embelesados con las selfies; sí, nuestro corazón se ha encogido hasta la discapacidad amorosa; sí, tenemos una relación obsesiva y tortuosa con nuestro cuerpo; y sí, andamos como zoombies absortos entre expectativas y miedos mientras la vida pasa; y sí, nuestro paso es afanado y nuestro destino, aunque pocas veces nos lo confesemos, es la soledad, no la del que está en un desierto, sino la del que no puede amar.

Pero creo que en esa denuncia ha faltado un poco de profundidad. Y es que pasa por alto el hecho de que nuestro narcisismo no es la causa de nuestros males, sino el efecto de otros males. Dicho de otra manera: no estamos así de jodidos por el tamaño de nuestro narcisismo, sino que el tamaño de nuestro narcisismo refleja lo jodidos que estamos. ¿Pero qué encontramos cuando miramos más allá de nuestro narcisismo?

Lo primero que encontramos es un mandato cultural que dice que nuestra vida, tal y como es, es ordinaria y carece de sentido. Los medios, y la estúpida cultura de la celebridad que predican, todo el tiempo nos invitan a huir de lo que somos, para alcanzar lo que podemos ser: esos 15 minutos de fama. El mensaje se puede resumir de varias maneras: “Eres tan bueno como el número de “me gusta” que obtienes en Facebook” o, mejor aún, “si no te esfuerzas por ser grandioso, privilegiado y admirado, eres ordinario e inadecuado”.

Y entonces lo que nos pasa es que, dóciles como somos, empezamos a medir la pequeñez de nuestra vida con el rasero de la gloriosa, brillante, pomposa, fastuosa, voluptuosa, pero etérea y artificial cultura del éxito y la celebridad. Y así caemos en una nefasta confusión: confundimos la búsqueda de realización y de sentido, con el impulso de ser extraordinarios y exitosos.

Y esta sed de gloria, este impulso de ser extraordinario y exitoso, siempre tiene una doble faz: del otro lado lo que existe es un profundo temor, plagado de vergüenza y autodesprecio, de ser ordinario. Y es aquí donde encuentro el aspecto más esencial de nuestro más profundo sufrimiento: el gran problema no es que persigamos quimeras con menos de un milímetro de superficie, sino que en esa carrera eterna de la rata, la experiencia que tenemos de nosotros mismos es que nunca somos suficientes. Ni lo suficientemente buenos, ni lo suficientemente perfectos, ni lo suficientemente musculosos, ni lo suficientemente bellos, ni lo suficientemente ricos, ni lo suficientemente libidinosos, ni lo suficientemente diligentes, ni lo suficientemente inteligentes, etcétera, etcétera.

Desde que abrimos los ojos por la mañana ya somos inadecuados, ya nos cogió el tiempo, ya nos falta un centavo pa’l peso. Y al acostarnos nuestra mente nos remuerde con todos los pensamientos de lo que no hicimos, no obtuvimos y no logramos.

Y creo, señoras y señores que esta condición, es la que nos condena a nuestra carrera narcisista, a buscarnos en el reflejo de las ventanas de los carros, en las palmadas de los colegas, en los “me gusta” de Instagram, en la cartelera de reconocimientos de la organización. Pero también es lo que nos lleva a despreciarnos todo el tiempo y a la cobardía de no poder asumir nuestra honestidad profunda. Pero ojo: también es lo que nos lleva a seguir corriendo y devastando, mientras el mundo se queda sin agua y sin recursos.
Aquí la tienen señoras y señores: la ilusión de la escasez.
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