La enseñanza del té

   
  
   
 Cuando rompió la bolsita de té y la vació en el pocillo durante una celebración de 15 años en el Club Medellín, la aturdieron las burlas. Su mamá no tuvo tiempo de enseñarle cómo se tomaba y le recomendó imitar a sus hermanas, también invitadas. Pero quedaron fuera de su alcance y Lucía, de 13 años, no halló más camino que hacer un ridículo que de paso dejó en evidencia, ante ella misma y los demás, que no pertenecía a esa clase social.
Desde ese momento -principios de los años 60- Lucía Giraldo se obsesionó con eliminar las diferencias, esas barreras de toda índole que separan a los seres humanos y que siempre la han atormentado. Pues no habían pasado muchos años cuando ya era asesora y conferencista de etiqueta y protocolo en Estados Unidos y hasta candidata a la Oficina de Protocolo de la Casa Blanca; fundadora de Elan Internacional, con sede en California, compañía asesora de empresas que realizan negocios con otros países; cabildante del Nafta y contertulia de líderes mundiales. “Allí fue donde me llevó ese error -el del té- porque quería aprender cómo se hacía todo”.

“Quería ser libre”
“Las diferencias marcaron mi vida e influyeron en lo que soy hoy”, cuenta ahora, recién llegada a Medellín, donde quiere radicarse después de 40 años de vivir en Estados Unidos y recorrer 37 países más, gracias a su trabajo con organizaciones dedicadas a buscar la paz y la unión entre pueblos. Diferencias que iban desde vivir en una “casa sencilla” en Prado, en medio de caserones de familias acaudaladas, hasta estudiar en una escuela pública mientras sus hermanos se educaban con los hermanos de La Salle y sus hermanas lo habían hecho en María Auxiliadora. “Como era la quinta, para mí ya no alcanzó y eso me afectó porque me sentía marginada de mi familia”, recuerda. Diferencias que también nacían de tener un papá moreno -músico de la Orquesta Sinfónica de Antioquia- y una mamá blanca, unión que devino en hijos variopintos y en las consiguientes impertinencias de cajón: “¡Ay!, tú mamá es blanca y tu papá no, tu hermano es moreno y tú no”. Además se sentía señalada por ser de familia liberal en ese oasis de conservadores que era Medellín, aburrida de que ponerse manga corta fuera casi un pecado y de que moverse con soltura fuera mal interpretado. En síntesis, se sentía asfixiada en su ciudad, agobiada por unas montañas que por poco no le dejaban ver el sol y con el vacío inmenso de quedar huérfana de madre a los 16 años. De tal manera que a los 21 años y recién casada con un cartagenero -una barrera más para derribar – se fue a Estados Unidos a buscar el sueño americano.
“Quería ser libre”. No fue fácil, dados los límites del idioma, su condición de mujer, de casada, de mamá y de inmigrante latina pero, tal y como pasó con la bolsita del té, luchó hasta derribarlos. Muy pronto se empeñó también en derribar las barreras ajenas y crear nexos entre culturas, faena que no termina. Así, por ejemplo, fundó en el 95 el Instituto Multicultural de Liderazgo “para apoyar a quienes llegan a Estados Unidos de otros países con la esperanza de construir nuevas vidas en una sociedad libre” y por medio de esta organización proyectó su misión al mundo.
A los 60 años Lucía, conserva la belleza que se deduce tuvo en la juventud, acentuada por su conversación rica en anécdotas, consideraciones espirituales y datos de cultura general. A cuestas tiene diversos reconocimientos, entre ellos Mujer del año, de la Asociación Latinoamericana de Liderazgo; Ejecutiva del año 2000, de la Sociedad para el Progreso de Gerencia; Medalla de Oro de la Academia Mundial de Arte y Cultura por su autobiografía Creando puentes de comprensión; Rosa de Plata en el Congreso Mundial de Poesía celebrado en 2008 en México; además le fue otorgado el título de Dama del imperio griego y permanece en el Salón de la Fama en la isla sagrada de Delos.
Como expresaban las viejas generaciones, Lucía es “una cajita de música” a la que vale la pena conocer. Ahora está de regreso en su tierra, aunque su tierra sea el mundo. Ya no la asfixian las montañas y no cesa de admirar el progreso de la ciudad. En cuanto a ella, considera que su misión no ha terminado y que todavía tiene por delante muchos puentes de comprensión por construir.